La embriaguez del pensamiento.
- Bernal Arce

- 13 jun
- 5 min de lectura
El río Tárcoles, metáfora de nuestra sociedad
Jacques Sagot
Costa Rica, durmiendo como siempre al arrullo de su mitología patriótica, persiste en considerarse “el país más feliz del mundo”. Y elevamos, altivos y exultantes, las banderas y escudos de nuestras políticas ecológicas. Nos proclamamos a nosotros mismos paladines del ecologismo ante la comunidad mundial.
Pero he aquí que el río Tárcoles es el más contaminado de toda Centroamérica y el Caribe. Es cosa que ha sido rigurosamente estudiada. Los ríos-tanques sépticos de la meseta central (el Torres, el María Aguilar, el Tiribí, el Ocloro, que recogen el excremento, los orines y demás excrecencias y eyecciones de 2,4 millones de individuos: toda la población de la Gran Área Metropolitana) desaguan en el Virilla, que generosamente le regala toda esa bazofia al Tárcoles. Luego las refinerías de petróleo lo contaminan con sus químicos letales, y la gente bota en él cadáveres de carrocerías, vacas, gallinas y perros muertos, de pronto algún ser humano decapitado pasa flotando plácidamente, hay residuos de mercurio, ácido nítrico y otros peligrosos metales, refrigeradoras herrumbradas, neumáticos, cocinas viejas y destartaladas, la apestosa broza del café… y siempre más materia fecal, de los pueblos que el río recorre de camino al mar.
Por fin, el Tárcoles le obsequia ese invaluable tesoro al océano Atlántico, justo a la salida del golfo de Nicoya. A los ingenuos turistas les venden una travesía sobre el río que se llama “Aventura en la jungla”. Ignoran, los pobres, que navegan sobre un flujo espeso e ininterrumpido de mierda. No entiendo cómo los cocodrilos que están siempre parqueados cerca de la desembocadura no han mutado: podrían convertirse en Godzilas criollos, o desarrollar un tercer ojo, o devenir en mamíferos, o acaso salir volando. Y ese es el país de las reservas de biosfera y la conciencia ecológica. Costa Rica: una mentira de 51 000 kilómetros cuadrados de extensión.
El Tárcoles le obsequia al mar diariamente unas seis toneladas de inmundicias orgánicas, químicas e industriales. Nacido en la Cordillera Volcánica Central, el río recorre 111 kilómetros hacia el sur, luego hacia el oeste, irrigando todas las provincias, con la excepción de Limón y Guanacaste, y treinta y seis cantones. Su área es de 2165.99 kilómetros, es decir, el 4.2% del territorio nacional. Este infecto caño contamina doce áreas “protegidas”, “reservas de biosfera”, y viola descaradamente todos los corpuslegislativos que hemos creado para preservar el medio ambiente.
Todavía hoy en día puede uno oír las reminiscencias de viejitos y viejitas que recuerdan la belleza y transparencia de los ríos María Aquilar, Ocloro, Tiribí y Torres, corriendo bajo los porós o entre los cafetales, a menudo orlados por cañas de bambú o sauces “llorones”: sus lagunas y pozas eran legendarias y accesibles oasis donde la gente iba a nadar y refrescarse. Hoy, quien se atreva a meter un dedo en sus inmundas aguas verá su mano gangrenarse y generar un shock séptico de fatal desenlace.
No entiendo en qué consiste el trabajo de AyA (Acueductos y Alcantarillado), aparte de sobrefacturar a sus clientes y demorar con todo tipo de trámites burocráticos su reembolso. En San José nunca hubo necesidad real de acueductos: el valle central era una paradisíaca cuenca hidrográfica, irrigada por todos los ríos, arroyos y yurros que brotaban en las nacientes allá, en lo alto de las montañas meseteñas. Los costarricenses encontraron que la más fácil manera de disponer de sus aguas “residuales” (eufemismo para “excremento”) era dirigirlas hacia los más próximos ríos. Hoy no hay uno solo que no apeste y sea deletéreo para toda forma de vida. Así las cosas, ¿para qué acueductos? Y por lo que al alcantarillado atañe, ya sabemos que la cleptomanía inherente a muchos costarricenses ha provocado el robo de todas las tapas redondas, ovales o enrejadas de las alcantarillas y los medidores de agua. Hay rufianes que, poniendo en peligro la vida de la gente, le venden ese material a las refundidoras de metales, o les dan cualquier otro uso imaginable. Cualquier peatón podría fácilmente perder la vida, de caer en uno de estos “agujeros negros”.
Tristemente, nuestro otrora caudaloso río Reventazón, que recorre la vertiente atlántica, del otro lado de la cordillera, ha sufrido vejaciones muy similares a las del Tárcoles, y lo que es peor, se ha ido secando alarmantemente, al punto de que durante los más severos veranos su cauce se reduce a un lecho de piedras ásperas y descomunales, entre las que quedan atascados los desechos plásticos que, como toda materia no biodegradable, permanecerán ahí después de que el sol se apague para siempre. Hoy en día se habla mucho de cruzadas juveniles abocadas a limpiar nuestros ríos, la totalidad de nuestro sistema hídrico. No veo cómo tal cosa sería posible: el excremento de todas las ciudades costarricenses se ha ya estratificado en los bordes y fondos de los ríos: tal quimera demandaría el esfuerzo titánico e ininterrumpido de tres millones de hombres y mujeres raspando, filtrando, depurando, blanqueando cientos de miles de kilómetros de bazofia. El daño ya está hecho: es irreversible. A lo sumo podríamos, quizás, procurar que la devastación no siga creciendo, y confiar en los mecanismos de autolimpieza, autopurga y autorregeneración, (de autopoiesis, sería la palabra justa) propios a la madre naturaleza.
El río Tárcoles es la metáfora fundacional, la alegoría, el emblema, el correlato de nuestra podrida vida política e institucional. Un amigo muy querido, en el summun del cinismo, me señalaba un día de estos la necesidad de que en las universidades se impartiese una materia que entrenara y preparara a los corruptos a ejercer su corrupción sin dejarse atrapar por la ley. Son tantos y tan espectaculares los actos de corrupción en la función pública que se registran todos los años en Costa Rica -pero que terminan por ser descubiertos y procesados-, que convendría -según mi amigo- crear un curso de estrategias de corrupción indetectables por la ley. Por supuesto, un curso de esta naturaleza supondría una corrupción “al cuadrado”, pero el hecho es real: ya que el país produce tal cantidad de corruptos amateurs, la actividad debería “profesionalizarse” e incluirse en los currículums universitarios. Un país de corruptos necesita una buena escuela de corruptos, y la primera destreza que debe ser adquirida es cómo no caer en manos de la ley (que de todas formas, opera con tal lentitud, entrabamiento y desidia, que los corruptos podrían responder a quienes los procesan lo que Don Juan le respondía a su valet cuando le hablaba de la muerte y los tormentos del infierno: “¡Tan lejos me lo fiáis!”) Así que la imbecilidad de mi amigo es, más bien, una perversión, una manifestación de maldad. Pero ya lo sabemos: según Platón, la ignorancia es el origen de todo el mal del mundo. Así que mi ignorante amigo propone una idea satánica pero quizás viable, y por qué no, hasta razonable. Las universidades impartirán cursos llamados “Evasión fiscal 101”, “Fundamentos de peculado 301”, “Seminario doctoral sobre cohecho y tráfico de influencias 401”, “Taller de peculado 402”, y demás hierbas de esta estofa.
El país está a tal punto podrido, descompuesto y putrefacto, que tanto valdría entregarnos de lleno a la corrupción, pero en tal caso, por el amor de Dios, hagámoslo con profesionalismo, excelencia y eficacia. Hasta para ser corrupto es necesario el virtuosismo técnico y el entrenamiento adecuado. Nada podría ser más reprensible que la mediocridad en la corrupción: no por la corrupción, sino por la mediocridad.






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