Deporte: magia, poesía y heroísmo
Una ramera llamada FIFA
Jacques Sagot
Como todo imperio, la FIFA, esa tentacular mega-corporación regida por una jerarquía césaro-papal, propende a la expansión, a la invasión, a la “anexión” de nuevos territorios bajo su égida. El primer campeonato mundial (Uruguay 1930) contó con 13 países participantes. Desde 1958 hasta 1978 el campeonato se jugó con 16 equipos distribuidos en cuatro grupos. En España 1982 la cuota se amplió a 24. En Francia 1998 se extendió a 32. Para el campeonato mundial México-Estados Unidos-Canadá, el cupo se abrió a 48 clasificados. Ya hemos tenido instancias de torneos transnacionales (el mundial Corea del Sur – Japón de 2002), la Eurocopa Polonia – Ucrania 2012). Así que la FIFA sigue esponjándose, inflándose, como el pez globo (tetraodontidae), que se convierte en un verdadero bodoque lleno de espinas cada vez que es atacado por algún depredador. Animal grotesco, si puedo permitirme dar mi opinión al respecto.
Al día de hoy, la ONU reconoce a 195 países autónomos, independientes y soberanos sobre la faz del planeta. Ni uno más, ni uno menos. Organizar un campeonato mundial con 48 equipos supone la asistencia al torneo de más de una cuarta parte de las naciones que cubren la geografía terrestre. Sobre cada grupo de cuatro países, más de uno irá al mundial. Habría que ser tremendamente incompetente para no clasificar a la justa. Esto es un disparate, un contrasentido, una idea más para integrar en la Enciclopedia Universal de las Malas Ideas que he estado elaborando durante muchos años, y que espero ver publicada algún día. Con 48 participantes, los amantes del fútbol tendremos que soportar partidos tan emocionantes como Andorra contra Malta, las islas Feroe contra San Marino, la selección del Vaticano contra Laos. ¡Cielo santo, qué partidazos, decididamente, colisiones de un octanaje emotivo altísimo, para comerse la uñas y pegar brincos sobre el sofá!
Evidentemente, esta nueva disposición de la corporación césaro-papal FIFA va a bajar el listón de la calidad. A fuerza de querer ser ecuménicos, inclusivos, democráticos y universalistas, van a degenerar en el facilismo, la concesividad, y con ello herirán de muerte el nivel del certamen. Pero el “ecumenismo” de la FIFA no obedece al loable deseo de democratizar el fútbol. Como todos sabemos, la FIFA es un burdel, y su “inclusividad” es rigurosamente prostibular. Quieren enfeudar nuevos países, infiltrar nuevos mercados, afiliar nuevos clientes. Vender camisetas con el nombre de Messi, tenis Adidas, pelotas de fútbol, calcomanías, derechos de transmisión y pautas publicitarias a una escala más que planetaria: cósmica. Supongo que su meta última consistirá en organizar un campeonato intergaláctico entre la Vía Láctea y la nebulosa de Andrómeda, con sedes en 1000 000 000 de planetas. Será muy divertido, ver tal cosa. A buen seguro, Giani Infantino seguirá aún siendo el director de la FIFA, pues a punta de prótesis y de la tecnología ciborg, presidirá el evento en calidad de transhumano, con la venerable edad de 125 eones.
Convengo en un punto que, sin duda, merece ser atendido. El mundo tiene hoy más países que hace cincuenta años. Para no ir más lejos, la antigua Yugoslavia (que siempre fue una potencia futbolística) se ha atomizado, por mitosis o partenogénesis, en seis diferentes naciones: Croacia, Serbia, Macedonia, Bosnia Herzegovina, Montenegro y Eslovenia. Y el bloque soviético dio a luz a Ucrania, Bielorrusia, Moldavia, Armenia, Kazajistán, Georgia, Kirguistán, Tayikistán, Turkmenistán, Uzbekistán, Azerbaiyán, Lituania, Letonia y Estonia. Así que los países, como cuilos, se han multiplicado, complicando con nuevos colores y líneas limítrofes el mapa político del planeta.
Así que concedido: hay más países en el mundo hoy, 25 de enero de 2022, que en 1950. Pero esto no justifica el proceso inflacionario de 16 a 48 equipos admitidos al campeonato mundial: más de la cuarta parte del planeta puede darse por calificada. Para nosotros, costarricenses, la clasificación debería ser un picnic… aunque, a decir verdad, con el misérrimo nivel que ha exhibido la selección en años recientes no me sorprendería que nos eliminase Trinidad y Tobago, Granada, Haití o Guyana.
La medida de Infantino es populacherista y demagógica. Atención: digo “populacherista” y no “populista”. No es lo mismo el pueblo que el populacho. Es una distinción en la que ya insistía Leibniz: una cosa es la multitud y otra la muchedumbre: en la primera el principium individuationis se ve preservado. La segunda es una masa ciega e iracunda, es la dictadura de la oclocracia, es una Hidra de Lerna, con mil cabezas para un solo cuerpo.
A la FIFA le va a pasar exactamente lo que les sucede a los personajes del magnífico micro-relato de Borges “El rigor en la ciencia”. Un grupo de avezados cartógrafos se propone elaborar un mapa de la Tierra tan detallado como sea posible. Cuando ya tienen cartografiada cada montaña, persisten en incluir cada árbol, luego cada rama, por fin, cada hoja. El resultado es que el mapa, convertido en un desmesurado e inmanejable legajo, termina coincidiendo con el planeta mismo. La representación se confunde con la realidad. Todo mapa supone un proceso de abstracción, de esquematización, en el que se sacrifican los pormenores para obtener una imagen de conjunto. Si se renuncia a este esfuerzo de abstracción –por miedo a tener que elaborar el duelo de lo que se excluye del documento– terminamos con una réplica realista y figurativa del objeto retratado –en este caso, el planeta Tierra–. El mapa pierde así su razón de ser.
Toda excelencia es selectiva, exclusiva y elitista (siendo usado este término según su etimología: “élite” proviene de élire, es decir, elegir: todo individuo que busca la excelencia se auto-elige dentro de un grupo de colegas igualmente absortos en la perfección y sublimidad de su trabajo). Lo contrario supone “charralear” el campeonato mundial, degradarlo, ensuciarlo. Pero bueno, como egregiamente dice Quevedo, “poderoso caballero es don dinero”. Ahí donde él toma la palabra, todos debemos callar, bajar la cabeza, y salir de la habitación con el rabo entre las piernas. Es vano luchar contra la codicia de las grandes corporaciones y los magnates del fútbol. Una batalla perdida desde siempre y para siempre. Yo no seré más que una insignificante vox clamantis in deserto. Siquiera me resta el derecho al berreo, que ejerceré asiduamente: de eso pueden estar seguros.





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