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Deporte: magia, poesía y heroísmo


Jacques Sagot


Otro amigo que se me muere.


“Por el Valle de la muerte los seiscientos cabalgaron.  Cañones a la izquierda.  Cañones a la derecha.  Cañones ante sí”…  Es Lord Alfred Tennyson.  Su célebre poema épico “La carga de la Brigada Ligera”.  Ese Valle de la Muerte es, en realidad, Valle de la Vida, que para poder seguir perviviendo debe aceptar en su seno la muerte, paradójica generadora y posibilitadora de la vida.


Y en ese Valle de la Muerte estamos todos… hasta que dejamos de “estar”, y nos abismamos en el Gran Silencio.  Hace algunos días viví una experiencia muy perturbadora.  Acometido de súbita, inexplicable curiosidad, hurgué en Youtube –como lo hago todo el tiempo, en materia de deportes– para ver qué había sido de Roberto “Dinamita”, el máximo goleador en la historia del Vasco da Gama, de Río de Janeiro, uno de los más prolíficos y queridos artilleros del fútbol brasileño de fines de los setenta.  Pues amigos, amigas, podrán ustedes imaginar sin dificultad mi pasmo, mi estremecimiento, cuando descubrí que ese mismo día, un par de horas antes de mi pesquisa, el gran jugador había muerto.  No es la primera vez que esto me pasa.  Lo juro por mis manos.  Lo he vivido ya con grandes nombres del mundo de las artes y del cine.  Dada mi agorera y ominosa condición, prometo no buscarlos a ninguno de ustedes en Youtube, así que en ese punto pueden estar tranquilos.


Roberto de Oliveira, nacido el 13 de abril de 1954 en Río de Janeiro, mejor conocido como “Roberto Dinamite”, o “El Garôto Dinamite”, es uno de los más letales bombarderos que Brasil ha producido.  Era el niño mimado de la torcida vazacaína, el máximo goleador en la historia de este equipo, y uno de los balones de oro en varios campeonatos cariocas.  Con la Selección canarinha solo jugó los mundiales de Argentina 1978 y España 1982, y en este segundo, el ideático de Telé Santana no le concedió ni un minuto de presencia en el terreno de juego, fiel como siempre al bestial, gargantuesco, patoso y desmañado Serginho, que no era más malo porque no era más grandulón, y que botó goles por los cuales debió haber implorado absolución papal.  


“Roberto Dinamite” solo jugo cinco partidos del Campeonato Mundial 1978.  Le marcó un gol a Austria (decisiva anotación, pues sin ella Brasil iba a quedar eliminado en la fase de grupos), después de controlar, con inmaculada técnica de recepción, un pase prodigioso de 35 metros de Toninho Cerezo, proyectado desde el ala derecha.  Luego le anotó dos goles a la Polonia de Lato, Szarmach, Deyna, Zmuda, Kazperczak, Gorgon, Boniek y Tomaszewky (¡un equipazo!).  Ambas  anotaciones fueron espectaculares: la primera, rematando un disparo que el paral devolvió al terreno de juego, y la segunda en una circunstancia que jamás he vuelto a ver: rubricando con trallazo furibundo una seguidilla de tres tiros a los postes…  Fue casi una visión surrealista.  La lluvia de obuses sobre el marco de Tomaszewksy fue tal, que cuando Roberto llega a recoger el tercer rebote, el pobre portero, desorientado y visiblemente mareado, se limita a encajar el gol, sin mover un músculo.  Tres disparos de Gil, Mendonça y Dirceu pegaron sucesivamente contra el travesaño y ambos parales… hasta que por fin, Roberto nos preservó de esa terrible agonía que es el “gol interruptus”.


“Roberto Dinamite” nunca alcanzó el nivel de monstruos como Romario, Bebeto, Ronaldo Nazario de Lima, Rivaldo, Ronaldinho o Neymar (para hablar de cracks brasileños posteriores a él), en gran medida porque no tuvo suficiente exposición en los campeonatos mundiales.  Pero si alguna vez cupo hablar del ídolo de una afición, del emblema de un equipo, de la máscara de proa de toda una torcida, ese sería el caso de Roberto.  Su afición lo amaba… porque él se daba a amar.  En 1980 fue adquirido por el Barcelona, pero su estadía con este cuadro fue efímera.  Regresó a su entrañable Vasco da Gama, y en el partido de retorno (un clásico de altísimo octanaje contra su archirrival, el Corinthians del gran Sócrates), marcó… ¡cinco goles!  Ya solo en el primer tiempo había anotado cuatro.  Todos fueron goles de campo, ningún penal o tiro libre.  Era potente, dotado de un magnífico sentido de la oportunidad, tenía una tremenda presencia en el área, pateaba con ambas piernas, era alto, robusto, y lleno de determinación…  Un delantero de crestería, de postín, de raza.


Y he aquí que me entero, de la manera más brutal que sea dable concebir, de su muerte, acaecida pocos días después de la de Pelé.  Tenía apenas 68 años de edad.  Había dejado un legado importante en la política, y fungió como diputado del Partido Social Demócrata Brasileño en cinco oportunidades.  Era un hombre bueno, de amplia y luminosa sonrisa, una bella alma, un ser humano irradiante, generoso.  Basta ver sus entrevistas, sus reacciones, sus respuestas… había mucho de niño en él.  Evocando la ocasión en que un directivo corrupto lo había expulsado del salón de la fama del Vasco da Gama, se le rompe la voz, y entre lágrimas musita: “Eu me senti machucado, machucado” (“Yo me sentí herido, herido…”).


Recuerdo como si lo estuviera viviendo ahora mismo los brincos, carreras y gritos de júbilo en que estallé cuando marcó el gol “de los tres rebotes” contra Polonia (imagínense ustedes la ansiedad que se había acumulado en mi pecho mientras asistía, impotente, a la tríada de ojivas estrelladas contra los postes).  Era un miércoles por la tarde, y venía de regresar del colegio (estaba yo en cuarto año).  Esa es la foto mental que guardo de él, ese es el “Garôto Dinamite” que llevaré por siempre en el corazón.  Una imagen para la eternidad.  Obrigado, muito obrigado pra sempre, meu querido Robertinho.     


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