La Columna de Jacques Sagot | “¡Nunca mezclar deporte y política!”

Actualizado: 8 ago




Jacques Sagot.


No entiendo al pueblo brasileño.  Elegir a un fascista incendiario a guisa de presidente.  Un militarote que estuvo 17 años en la Academia de las Agujas Negras, donde alcanzó el rango de capitán, y fue descrito como “ambicioso, violento y agresivo”.  Jair Messias Bolsonaro se ha tomado en serio su nombre de “Mesías”, y anuncia proyectos tan disparatados como el asolamiento de la Amazonia para exportar maderas preciosas y explotar el petróleo de la región.  Sería un verdadero ecocidio, un crimen de lesa humanidad, una herida mortal para el único pulmón que le resta al planeta. 

 

El técnico de la Verdeamarela, Tite, ha rehusado reunirse con él, como también rechazó reunirse con Michel Temer meses atrás.  Con esta actitud -que aplaudo y celebro-, Tite rompe la degradante tradición de los técnicos que, cual lacayos de la corte, tenían que ir a presentar sus respetos a los presidentes de turno.  “No se mezcla el deporte y la política.  El deporte viabiliza valores morales, éticos, humanos, competitivos: justo lo contrario de la política” -dijo, egregiamente-.

  

Pero cuidado, amigo, que ya este tipo de heroicas y valientes posiciones han sido severamente castigadas en Brasil.  El técnico Joao Saldanha -intelecto privilegiado, escultor de la Auriverde de 1970, el mejor equipo de todos los tiempos- era hombre de izquierdas y discrepó del sanguinario dictador Emilio Garrastazu Médici.  Este le exigió incluir a ciertos jugadores en la selección, y Saldanha contestó: “Yo no le digo a usted quiénes deben estar en su gabinete”.  Médici lo hizo sustituir por Mario “Lobo” Zagallo apenas 3 meses antes del campeonato mundial en México.  El “Lobo” se desempeñó magníficamente en su rol, pero la estructura del equipo había ya sido consolidada por Saldanha.

  

Me gusta Tite.  Su fútbol, su integridad, su coherencia filosófica -existencial, su temperamento bravío y apasionado.  Solo resta esperar que el megalómano de Bolsonaro no disponga de él a fin de poner a alguno de sus acólitos al frente de la Seleçao.  Puede esperarse cualquier cosa de este psicópata glorificado, gorila formado en el fragor de los cañones y la ríspida risotada de las ametralladoras.  Un individuo peligroso para Brasil y para el mundo entero.  ¡Adelante, Tite, pero cuida tus espaldas!


La política ha envenenado al deporte en incontables ocasiones.  Los “cetros” ganados por la selección de Italia en los campeonatos mundiales de 1934 y 1938 constituyen una estafa de magnitud inmensurable.  En realidad, ambas preseas le fueron regaladas a Italia por decreto del delirante Benito Mussolini, enseñoreado a la sazón del noble país de Da Vinci, Dante y Verdi.  La historia “oficial” del fútbol pretende que Italia habría ganado cuatro cetros mundiales.  Por lo que a mí atañe, ha ganado solo dos: en España 1982 y en Alemania 2006.  Soy categórico al respecto, y no cedo un milímetro en mi posición.  La FIFA debería despojar a Italia de los títulos “conquistados” en 1934 y 1938, por decreto del psicópata Benito Mussolini, y cuando el fragor de la Segunda Guerra Mundial se escuchaba ya tras las serranías.  Inmundo, inmoral, inaceptable, que un país se aferre a dos cetros espurios, abyectos, violentamente extorsionados al mundo.  Así no fuese más que como acto de decencia elemental y como gesto de contrición, Italia debería renunciar a esas dos preseas.  Árbitros sobornados, goles fantasma a favor de los italianos, agresiones físicas inimaginables perpetradas por los “campeones” contra cualquier rival que se acercara a su marco, jugadores amenazados de muerte un día sí y el otro también…  No, señores y señoras: esas dos copas deben ser eliminadas de los anales del fútbol.  Todas las irregularidades -son demasiadas para siquiera empezar a enumerarlas- están documentadas y existen de ellas incontables pruebas y testimonios.  


Ambos mundiales fueron usados con absoluto desparpajo para desplegar ante el mundo la propaganda fascista de Mussolini, como las Olimpíadas de Berlín, en 1936, se constituyeron en una apoteosis del nazismo y un himno al Übermensch de Nietzsche (parcialmente malogrado por el inmenso y providencial Jesse Owens).  Muchos árbitros, después de sus vergonzosas actuaciones, fueron suspendidos al regresar a sus países.  El portero Antal Szabo, vencido en la final Italia - Hungría del Campeonato Mundial 1938, pronunció una de las frases más dramáticas en la historia del deporte: “Jamás en mi vida me sentí tan feliz por haber perdido.  Con los cuatro goles que me hicieron salvé la vida a once seres humanos”.  Antes de empezar el partido los italianos recibieron un telegrama de Mussolini en el que decía: “Vencer o morir”.  No niego que Italia contaba con algunos grandes jugadores (sin duda Giuseppe Meazza el más talentoso de ellos).  Acaso tuviesen, en efecto, el mejor equipo del mundo.  Pero resulta que eso no basta.  Era necesario, además, probarlo, y ganar en buena lid.  Ambos títulos les fueron adjudicados -reitero la palabra- por decreto, manu militari y de facto.  


Añadamos a ello que, de la selección “campeona” en 1934, cuatro jugadores eran argentinos (Luis Monti, Raymundo Orsi, Enrique Guaita y Atilio Demaría) y uno brasileño (Anfilogino Guarisi).  De los 12 goles que Italia anotó, 4 fueron marcados por extranjeros.  Aunque no precisamente elegante, el gesto no es reprensible: después de todo, España también nacionalizó a Di Stéfano y Puskás -entre otros grandes- a fin de ganar, costase lo que costase, un campeonato mundial (la selección que enviaron a Chile en 1962 tenía tantos extranjeros que era apodada “la ONU”).  


Lo que sí es de todo punto execrable fue la coerción de que jugadores y árbitros fueron víctimas a fin de que Italia se apoderara del título.  Luis Monti, “campeón” con Italia en 1934, y subcampeón con Argentina -su país natal- en 1930, dijo: “En Uruguay, en la final del primer campeonato mundial, me querían matar si ganaba.  En Italia, para la segunda final, me querían matar si perdía”.  Bueno, eso lo dice todo.  No elaboraré más el tema, porque -hablo con absoluta sinceridad- la injusticia -en cualquier esfera de la actividad humana en que se manifieste- es un fenómeno que genera en mí un malestar difícilmente tolerable.


Y fueron también vulgares vendetillas políticas las que malograron los juegos olímpicos de Moscú 1980 (boicot de los Estados Unidos y sus aliados, en protesta por la invasión soviética de Afganistán en 1978); y los juegos olímpicos de Los Ángeles 1984 (represalia de la URSS y sus países satélites por el sabotaje estadounidense de la anterior olimpiada).  Grandes naciones que se comportan como chiquillos malcriados sacándose la lengua unos a otros, y conspirando en el patio de juegos para hacerse zancadillas o ridiculizarse mediante apodos o rimas grotescas.  “Humano, demasiado humano” -hubiera dicho Nietzsche-.


Fue también por presiones políticas que en Moscú 1980 la bella, imposiblemente perfecta gimnasta rumana Nadia Comaneci fue perjudicada por los jueces en sus deslumbrantes actuaciones en las barras asimétricas, a fin de que ganasen a toda costa sus rivales soviéticas.  Fue escandaloso, indignante, un chanchullo inaceptable en una justa de ese nivel.  


La política también corrompió el llamado “match del siglo”, la colisión entre el campeón mundial soviético Boris Spassky y el meteoro estadounidense Bobby Fischer, acaecida en Reikiavik, Islandia -sitio equidistante de los dos grandes polos: Moscú y Washington- en el ápex de la Guerra Fría: junio y julio de 1972.  Nixon le dijo a Fischer: “los Estados Unidos esperan mucho de ti.  Estás en la obligación patriótica de romper la hegemonía soviética sobre el ajedrez y humillarlos en ese deporte en el que precisamente se consideran imbatibles.  Tómalo como una orden presidencial”.  Y al pobre Spassky lo llamó Brezhnev la noche antes de partir para Islandia, para transmitirle este mensaje: “Boris, te lo voy a poner simple y claro: si perdés este match, comenzá a buscar asilo político en otro país, porque aquí serás objeto de escarnio e irrisión”.  Y en efecto, vapuleado por marcador de 12 ½ a 8 ½, Spassky se nacionalizó ciudadano francés, y siguió jugando bajo bandera gala.  ¡Vaya motivadores, estos dos ogros, carentes por completo de sutileza sicológica e inteligencia emocional!


Fue por la maldita política también que el carismático, prodigioso Muhammad Alí fue despojado de su corona de campeón mundial de los pesos completos, y alejado del boxeo desde 1967 hasta 1970 (¡los que sin duda hubieran sido sus mejores años como pugilista!)  El Alí rehabilitado en 1970, aun cuando todavía temible, no tenía ya la felina elasticidad y la condición atlética del que demoliera dos veces a Sonny Liston y Floyd Patterson, amén de Cleveland Williams, Henry Cooper, George Chuvalo y Archie Moore, entre muchos otros descomunales cíclopes.  El derribador de gigantes no pudo contra los perversos engranajes que lo castigaron por negarse a ser enrolado en la guerra de Vietnam, de conformidad con su fe musulmana, y su amor a la paz.


Y para volver al balompié, recordemos el asesinato del mejor jugador austriaco de todos los tiempos: Matthias Sindelar, conocido como “el Mozart del fútbol”.  La Gestapo lo aniquiló mientras dormía con su esposa, por medio de un escape de gas perpetrado para tal efecto.  Sindelar era el símbolo de la Austria vejada por la Anschluss (la ocupación, o anexión forzada al Tercer Reich).  Pagó con su vida su negativa innegociable para jugar con la Mannschaft, la Selección de Alemania (con Austria ya “fagocitada”) que participó en el campeonato mundial de Francia 1938.  Hitler lo quería a toda costa en el equipo teutón: era el mejor jugador europeo de la época, y a pesar de ser judío, el Führer anhelaba incorporarlo al cuadro alemán costase lo que costase.  Sindelar supo decir esa misma palabra que inmortalizara a la joven Antígona: “No”.  Un simple monosílabo, dos fonemas, ¡pero tan elocuentes y poderosos!  Su integridad moral, su patriotismo, su solidez emocional, su valentía, su incorruptibilidad le costaron la vida.


La lista es inagotable.  Individuos y equipos enteros han sido perjudicados por intereses mezquinamente políticos.  La historia del deporte está llena de lágrimas, sangre, dolor y muerte.  Es un hecho que solemos ignorar.  Nosotros nos limitamos a arrellanarnos plácidamente en nuestro sofá favorito, y a degustar los partidos de fútbol o juegos olímpicos que  exhiben diversos canales televisivos, munidos de una gaseosa y palomitas de maíz, o acaso de una cerveza o cualquier otro licor más o menos idiotizante.  No sabemos el pretium doloris que hay detrás de esos prohombres y promujeres, de esas figuras larger than life, de esos grandes atletas que han hecho nuestras vidas más nobles y hermosas.  Bajo esa gloria corre un torrente subterráneo hecho de sacrificios, tragedias e injusticias inimaginables.  Es la faz en sombra del deporte, el licántropo, el Mr. Hyde que lo habita, y que mucha gente prefiere no conocer.  La política ha metido sus sucias manos en el deporte desde siempre.  Lo ha ensuciado y pervertido.  Es la reina anti - Midas de la cultura: tiene la propiedad  de retransformar en fango y excremento lo que era oro puro de 24 quilates, la más hermosa pedrería del mundo.  Historias como las que he narrado aquí las tengo por docenas.  Ya les contaré otras más adelante… si tienen estómago para digerirlas.   

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