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La fuente se secó: se nos murió Just Fontaine

Jacques Sagot

Sí, se nos murió Just Fontaine.  No “se murió”: se “nos murió”: el pronombre establece una diferencia honda como el pozo de Demócrito entre ambas oraciones.  Just (el “justo”), y Fontaine (la “fuente”, ¡y ya lo creo que este ariete era, en efecto, un surtidor, un inagotable hontanar, un géiser de goles!)  Fontaine ostentó el título de máximo anotador de la copa mundial entre 1958 y 1974, con 13 goles.  Fue defenestrado por el alemán Gerd Müller en 1974, con 14 goles.  Este, a su vez, fue destronado por Nazario de Lima Souza en 2006, con 15 dianas.  En 2014 el teutón Miroslav Klose batió el récord del brasileño con 16 tantos.


Abro ahora una digresión para referirme a las formas en que se pondera la capacidad goleadora de un delantero.  Ronaldo se consagró en 2006 máximo anotador en las copas mundiales, con 4 goles en Francia 1998, 8 en Japón – Corea del Sur 2002, y 3 en Alemania 2006.  Le tomó, empero, tres mundiales y 19 partidos llegar a 15 goles.  Just Fontaine marcó 13 tantos en 6 partidos, jugados en Suecia 1958 (incluida una tripleta contra Paraguay, y una tetrapleta contra Alemania): ¡esto supone más de 2 goles por partido!  Y en el Mundial Francia 1938, Leónidas Da Silva anotó 7 en solo 4 partidos (el imbécil del técnico brasileño, Ademir Pimento, creyó poder prescindir de él en la semifinal contra Italia –campeón vigente– y Brasil cayó por marcador de 2-1).  ¡El único método justo, para evaluar la eficacia goleadora de un delantero –lo que no equivale necesariamente a calidad– sería practicar un promedio ponderado: la cantidad de goles anotados en el tiempo efectivo en que estuvo en el terreno de juego!  Repito: Leónidas anotó 7 goles en 4 partidos.  Fontaine marcó 13 goles en 6.  Müller requirió 13 partidos (más dos sesiones de alargue de 30 minutos cada una, contra Inglaterra e Italia, en 1970, que le valieron 3 tantos) para llegar a 14 goles, participando en dos mundiales.  Ronaldo lo superó con 15 anotaciones, jugando, poco más o menos, 19 encuentros (fue retirado por lesión antes del final de varios de sus juegos en Japón - Corea del Sur 2002, aunque también jugó un alargue de 30 en la semifinal contra Holanda, en Francia 1998).  Fue convocado para cuatro campeonatos: 1994, 1998, 2002, 2006, pero no jugó un solo minuto del primero.  Klose lo sobrepuja con 16 goles en Brasil 2014, pero para ello requirió 4 campeonatos, y un total de 24 partidos.  En un promedio ponderado, sería más eficaz como goleador –de nuevo, esto no significa necesariamente “mejor jugador”: la función de un delantero no se limita solo a hacer goles– un ariete que marcase 3 tantos en 1 partido, que uno que marcase 500 en 1000.  


Pero si hemos de optar por el criterio del promedio ponderado, conviene recordar dos cosas.  Primera: si el divisor es el número de partidos jugados, urge tener en cuenta que el futbolista bien puede no haber participado durante la totalidad de cada encuentro (el caso de Ronaldo en 2002 y, en menor medida, del propio Klose) e, inversamente, que puede haberse beneficiado por los tiempos de alargue (el caso de Müller en 1970).  Segunda: si el divisor es, como lo sugerí, el número de minutos en que el delantero estuvo en el terreno de juego, podríamos caer en errores de percepción.  Martín Palermo entró a la cancha por disposición del técnico Maradona en el minuto 80 del partido Argentina – Grecia en Sudáfrica 2010, e hizo un gol en el minuto 89.  ¿Tendríamos, entonces, que concluir que su promedio de goles es de nueve por partido (uno cada diez minutos)?  ¡Ciertamente no!  ¡De hecho, era un delantero tieso, errático, a lo sumo encomiable por su presencia física, su tenacidad y su buen cabeceo!  


¿Qué hacer, entonces?  Yo me limitaría a establecer una taxonomía de delanteros adecuadamente compleja: los que han hecho más goles en términos absolutos (Klose), los que han hecho más goles en un solo campeonato (Fontaine), los que han hecho más goles en un promedio ponderado razonablemente establecido (Leónidas).  A todo esto, repito: lo único que el goleo estaría cuantificando es –perdón por la tautología– la capacidad goleadora del delantero.  Bien podría ser que el jugador evaluado no hubiese anotado muchos goles, pero servido veinte en bandeja.  Como técnico, yo preferiría contar con un delantero que hace un gol y genera tres asistencias, que con uno que hace dos goles y ninguna asistencia.  Recordemos, además, que las funciones de un delantero no se limitan a los goles o asistencias: puede trabajar en la creación de juego si baja al mediocampo, a la recuperación de balones, o simplemente captar marca, imantar defensas a fin de que otros compañeros queden libres, o algún hombre suba desde atrás para sumarse al ataque (aunque sobre este punto alguien podría contra-argumentar, correctamente, que para captar marca, un delantero debe ser percibido como goleador, pues si no representa peligro nadie se molestará en marcarlo).  Es un tema menos fácil de lo que podría suponerse. 


La verdad de las cosas es que la proeza de Fontaine en Suecia 1958 –si acudimos al promedio ponderado como método de mesura (13 goles en 6 partidos)– no ha sido superada por nadie, y difícilmente llegue nunca a serlo.  Su desempeño fue portentoso: 65 años y 16 mundiales después, nadie ha sido capaz de igualarlo.  En la fase de grupos del mundial Suecia 1958 Fontaine le marcó 3 goles a Paraguay, 2 a Yugoslavia y 1 a Escocia.  En cuartos de final le anotó 2 goles a Irlanda del Norte.  En la semifinal contra Brasil marcó 1 gol.  En la disputa del tercer lugar se dio el tupé de obsequiarla a Alemania 4 goles, en espectacular partido con marcador 6-3.


Ese cuadro francés se cuenta entre las seis mejores selecciones que Francia ha producido.  Las otras fueron el “cirque du soleil” de Michel Platini campeón de la Eurocopa 1984, el equipo campeón del mundo en 1998 de la mano de Zidane,  el mismo cuadro campeón de Europa en el año 2000 jugando un fútbol aún mejor con Zizou haciendo siempre las  veces de maestro de ceremonias, y la épica Francia campeona mundial en Rusia 2018 y subcampeona en Catar 2022 (donde no perdió, sino empató la final).


La Francia de 1958, con Fontaine, Kopa, Lafont, Piantoni y Oliver, tenía todo para ser campeona mundial.  Sucedió, simplemente, que en semifinales colisionaron con el Brasil de Pelé, Garrincha, Vavá, Zagallo, Didí, Zito, Nilton Santos, Djalma Santos, Orlando, Bellini y Gilmar.  Solo en esa constelación de genios se cuentan por lo menos cuatro de los diez mejores jugadores de la historia: Pelé, Garrincha, Didí, y Nilton Santos.  Los franceses cayeron vapuleados por 5-2, con una tripleta de Pelé.  Era absolutamente inevitable.  Son dos cuadros que jamás debieron haberse cruzado en el camino hacia el título.  Los franceses chocaron contra un tsunami de 40 metros de alto que avanzaba a una velocidad de 300 km por hora.


Con la Selección Francesa Fontaine marcó 30 goles en 21 partidos.  Con los tres clubes en que militó (el USM Casablanca, el Nice y el Reims) marcó 221 en 248 encuentros.  Jugó en la Liga Marroquí y en la Liga de Primera División del Fútbol Francés, prodigando talento y virtuosismo con el balón en los pies.   En total, sus cantaradas de goles desbordan fácilmente la cifra de 500.  Añadamos a este tour de force un hecho fundamental: tuvo que retirarse del fútbol por motivos de salud en julio de 1962, cuando tan solo tenía 28 años de edad. Esta infortunada circunstancia disminuyó su gloria mundialista: no pudo comparecer a las citas de 1962 y 1966.  Pelé lo  incluyó en su lista de los 125 mejores jugadores vivos, y la Federación Francesa de Fútbol lo declaró el mejor futbolista galo de los últimos 50 años, distinción que, tomando en cuenta lo que significan figuras como Kopa, Platini, Papin, Zidane, Henry, Griezmann o Mbappé, es una verdadera hazaña.


Fontaine nació y murió a los 89 años de edad en su amada Toulouse, ciudad de artistas y científicos como Fermat, Manet, Van Gogh, Toulouse-Lautrec, Ingres, Chamayou, Castaing y los trovadores medievales Vial y Péguilhan.  Su  epopeya en Suecia 1958 jamás habría sido posible sin las asistencias del gran mediocampista Raymond Kopa (Kopaszewsky), quien después del mundial pasaría a integrar la nómina del Real Madrid monarca cinco veces consecutivas de la Copa de Campeones de Europa (1955-1960).  Kopa driblaba rivales a piacere, y ponía los balones en profundidad para que Fontaine se bañara en goles.  Fueron una dupla, un binomio ofensivo, y no es justo evocar a uno sin recordar al otro.


Fontaine… otro grande que nos deja, otro mago que se extingue, otro héroe que revela su –¡ay!– tan efímera, perecedera, humana madera.  Fontaine, Fontaine… la fuente por fin se ha secado, y esta vez es para siempre.

  


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