La Columna de Jacques Sagot | La verdad, esa que “os hará libres”




Jacques Sagot


El gran clavadista estadounidense Greg Louganis había ya participado en los juegos olímpicos Montreal 1976, y Los Ángeles 1984 (donde conquistó dos medallas de oro), cuando llegó a las olimpíadas de Seúl 1988.  Serían las primeras, desde 1976, en que se enfrentaría a los mejores clavadistas mundiales, ya que en Moscú 1980 los Estados Unidos de Jimmy Carter boicotearon los juegos debido a la invasión soviética de Afganistán, y que en Los Ángeles 1984 los soviéticos de Konstantin Chernenko, en represalia, hicieron otro tanto con los norteamericanos.


En uno de sus clavados en las olimpíadas de Seúl 1988, Louganis calcula mal el salto, y golpea el trampolín con el borde de su cabeza.  Una manchita de sangre se dispersa en el agua de la piscina.  Pero el atleta está ansioso, la mirada llena de angustia, el pecho que le reventaba de culpabilidad, de necesidad de poner en autos a los demás concursantes del hecho fatal.  ¿Cuál era, en suma, su tragedia?  Que era homosexual y había testado positivo al virus del SIDA desde 1984.  Su tratamiento se limitaba a lo único disponible en aquellos años: el providencial AZT (Zidovudina, vendida bajo el nombre de Reatrovir).  Y fue ahí, expuesto mediáticamente a los ojos de todo el mundo, que tuvo que declarar su homosexualidad, y su preocupación de contaminar a los demás participantes.


“La Verdad os hará libres”: hondísima reflexión.  En realidad no había riesgo de contagio: el VIH perece muy rápido en el agua (el cambio de temperatura lo habría aniquilado), su tiempo de vida fuera del organismo humano es brevísimo, y la piscina había sido tratada con cloro.  Pero nadie sabía nada de esto a la sazón.


  Louganis tuvo que declararse gay: la vida lo obligó a hacerlo, en circunstancias dramáticas, y por acatar el mandato inapelable de la responsabilidad y la necesidad de proteger a sus colegas.  Hizo lo correcto.  Eso que los estadounidenses llaman “the right thing”: la única opción ética  y aceptable en una coyuntura social dada.  En medio de la ofuscación, de la posibilidad de perder sus patrocinios y ver desplomarse su imagen mediática, hizo lo correcto, sí.


Después de rapidísima ponderación ética, midiendo las consecuencias que la ocultación de la verdad o su develación le acarrearían, ponderando bajo toneladas de presión psíquica su predicamento, Louganis ejerció esa prerrogativa humana inalienable, esa capacidad que nos hace libres: el verbo sagrado “elegir”.  Y eligió bien.  En medio del vértigo moral en que se debatía, en medio de la zozobra y la angustia indecible, con el monstruo de una enfermedad que a la sazón se asumía inexorablemente fatal y capaz de aniquilar a la especie humana, Louganis optó por la responsabilidad, por la vida, por el respeto a sus colegas, por la definición misma de la decencia: la protección de la integridad psicofísica del prójimo.  


Recuerden que estábamos en el ápex de la paranoia y el justificado terror que la dolencia le inspiraba al mundo.  Era el Medioevo de este síndrome: la ignorancia, la segregación, la discriminación, la marginación de los enfermos, la hipocondría y el terror apocalíptico al contagio llenaban a la comunidad mundial de pavor y desconfianza.  La gente olvida demasiado rápido: esta fase fue atroz, oscurantista, y los enfermos del Sida eran tratados como los leprosos de los lazaretos de Judea, en tiempos de Jesucristo.  Soy testigo de excepción de esta inmensa locura, de este pavor colectivo que hacía que incluso el personal médico especializado viera con terror a las víctimas del nuevo flagelo.  Las enfermeras y enfermeros dejaban las bandejas de comida en el suelo, a la entrada de las habitaciones de los hospitales, no cambiaban las sábanas ni las fundas, no vaciaban las bacinicas, y para tomar una vía o administrar una pastilla entraban envueltos en toda suerte de trapos y mascarillas.  Se creía que el virus podía transmitirse a través del aire, por vía respiratoria.


  Louganis fue un pionero en la toma de conciencia mundial de lo que esta enfermedad significaba.  En Los ángeles 1984 ganó dos medallas de oro, y otras dos en Seúl 1988, después del susto de la cortadura en la cabeza.  Sacando fuerzas de flaqueza de esos ocultos filones de reservas morales de que los seres humanos solemos no tener conciencia, Louganis ejecutó sus mejores clavados en Seúl.   Sus actuaciones, tanto desde el trampolín como desde la plataforma, fueron sublimes: mucho más que proezas deportivas, deben ser apreciadas como obras de arte.  A los sesenta y dos años de edad, Louganis se prodiga con una exitosa carrera de actor, militante LGTB, y educador en materia del SIDA.  Ha sido declarado el mejor clavadista de la historia por diversos comentaristas.  Chapeau, campeón, mil veces chapeau.

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