La columna de Jacques Sagot | Cuando el árbitro se equivoca

Actualizado: 22 sept


Jacques Sagot


La presencia de esa figura axial que conocemos como árbitro es uno de los factores que en mayor medida distancian el fútbol de la guerra, donde no existe una instancia de autoridad que dirima los diferendos entre naciones -la Corte Internacional de Justicia de la ONU siendo lo que más se asemejaría a escala política planetaria, pero no teniendo, ni remotamente, la potestad que, en su ámbito, ejercen los árbitros-.  La etimología de la palabra “árbitro” es sujeto de discusión.  Para muchos, derivaría del latín dialectal arbiter, resultado de la preposición ad (hacia) y la forma verbal baetere (ir).  El árbitro sería aquel hacia quien se dirigen los litigantes en busca de una solución a sus divergencias.  El término inglés referee procede también del verbo latino refero (relatar, contar, dar testimonio de algo), noción que, en efecto, figura entre las funciones de un árbitro (la elaboración de su reporte posterior al partido).  Su tremebunda misión fundamental consiste, sin embargo, en administrar la justicia sobre el terreno, haciendo que se cumplan las reglas del juego.  Un rol ejecutivo y judicial, no legislativo, puesto que la ley le está dictada: su rol consiste en hacerla efectiva.  Considerando las diversas categorías en que el derecho romano concebía a sus árbitros, el silbatero en el terreno de juego calificaría como un arbiter juratus (aquel cuyos dictámenes las dos partes juran acatar), y un arbiter stricti iuris (aquel que sigue estrictamente la ley).  


El árbitro es una presencia - ausencia.  Todo el mundo sabe que está en el terreno de juego, pero nadie -salvo los comentaristas- lo ve.  Su actuación será considerada tanto más certera y elegante cuanto mayor logre “invisibilizarse”.  Admitámoslo: la gente llena un estadio para un enfrentamiento Real Madrid - Barcelona porque quieren ver jugar a Cristiano Ronaldo y a Messi, no por el atractivo mediático o deportivo del árbitro.  


El árbitro puede cometer cuatro tipos de errores.  No todos ellos tienen el mismo peso ético.

  

Primero: de percepción.  Es perfectamente comprensible y no debería indignar a nadie más de la cuenta, aun cuando, por decir lo menos, conviene en tales casos que el colegiado se compre lentes o se haga asesorar muy bien por sus asistentes en el terreno de juego.  El sueño de la FIFA es que el VAR contribuya a minimizar este tipo de yerros.  El árbitro no tiene, como aparato perceptor, más que sus dos ojos, y una cancha de fútbol mide 120 x 90 metros cuadrados.  Aun cuando procure posicionarse siempre de manera óptima, hay jugadas ambiguas, engañosas, de muy difícil diagnóstico.  Hemos de tener paciencia y misericordia con este tipo de errores. 


     Segundo: por ignorancia del reglamento.  Es inaceptable.  Vaya a estudiar su normativa, señor, y después hablamos.  El árbitro debe tener perfectamente interiorizado el reglamento, y lo que es más importante, las múltiples variables que cada norma presupone.


Tercero: por endeblez psicológica.  De nuevo, inadmisible, aunque comprensible, dado el grado de intimidación de que han sido objeto los árbitros por barras iracundas.  La fragilidad psicológica de un árbitro lo llevaría a ceder a la presión de las graderías, y podría tomar decisiones bajo ese sentimiento eminentemente humano que llamamos “miedo”.  No lo aplaudo, pero lo comprendo.


Cuarto: por deshonestidad.  El árbitro corrupto, el sobornado, el que favorece ciertos intereses o castiga a quienes no gozan de su simpatía.  Abominable.  Ya en la tabla XII del derecho romano, se sancionaba con pena de muerte al árbitro que se dejaba sobornar (¡no, por supuesto, en el terreno del deporte, sino del derecho privado, penal, público y administrativo!)  Era considerado inicuo o injusto (estaba contemplado dentro de las tabulae iniquae).


A propósito de errores arbitrales, menciono la célebre reflexión de Pierluigi Collina: “El árbitro debe aplicar siempre la “decimoctava” regla del fútbol: ¡usar el sentido común!”  En efecto, incontables son los gazapos arbitrales que se podrían evitar con no más que movilizar esa preciosa facultad.


No es incorrecto, llamar al árbitro “juez”: stricto sensu, es una autoridad pública que sirve en un tribunal de justicia, investida de la potestad jurisdiccional para aplicar la ley y las normas jurídicas.  Lo asisten otros dos árbitros que vigilan el juego desde el exterior de la cancha, más un cuarto árbitro, que sustituiría a alguno de sus colegas en caso de lesión.  En el Mundial Alemania 2006 se llegó a contar hasta con seis árbitros.  El resultado fue una de las justas más limpias de la historia.  Al conjunto lo conocemos como “cuerpo arbitral” -atención a la noción de corpus, esto es, de organismo: las partes deben interactuar en función del todo-, y al referee, como “colegiado”. 


Extraoficialmente, el pobre árbitro deberá, en ciertas ocasiones, hacer las veces de psicólogo: después de una de las semifinales de la Eurocopa 2000 -donde los holandeses botaron dos penas máximas contra los italianos (una en cada tiempo) y luego tres en la tanda de penales que definió el partido en su contra (pese a enfrentar a un rival con diez hombres desde el minuto 34)- el buenazo de Markus Merk tuvo que ir a consolar y levantar del terreno a los holandeses, que parecían requerir infusiones masivas de Prozac.


El imponente Pierluigi Collina, colegiado de la final Brasil -Alemania del Mundial 2002, declaró en cierta ocasión: “Nadie se imagina lo que sufre un árbitro cuando falla.  Está solo.  Los jugadores pueden permitirse llorar y derrumbarse sobre el campo, pero cuando un árbitro se equivoca, la decepción es tremenda.  La soledad de un silbante es incomparable, somos los únicos participantes del juego que no tenemos palabras de aliento a nuestro alrededor.  Es como enviudar sin haber tenido hijos: la soledad es tu aliada y el mundo tu enemigo”.  Reflexión que debería mover a un poco de respeto a los aficionados: nadie, en el terreno de juego, es blanco de denuestos tan unánimes, perversos y elaborados, como el árbitro.  El árbitro de antaño, bueno o mediocre, no tenía que confrontar al “ojo de Dios” de las cámaras.  El fútbol ha devenido un deporte panóptico (Bentham - Foucault).  La tecnología del “ojo de halcón”, los balones con chips incorporados, las cámaras, el VAR…  El silbatero tiene ahora que someterse a “ese ojo que todo lo ve al verse a sí mismo” (Kant - Hegel - Machado), la conciencia refleja: ¡tremebundo e insostenible combate!  Ahora, el árbitro tiene a Dios breathing on his neck.  ¿Qué pienso al respecto?  Que, aunque no disfruto de los errores arbitrales -ninguno de los cuatro tipos que precisé-, urge comprender que el error es constitutivo del fútbol, de cualquier deporte, del arte, la ciencia, la política, en suma, de toda actividad humana.  


En un juego donde erran los delanteros, los mediocampistas, los defensas, los porteros, los técnicos, los preparadores físicos, los gerentes deportivos, los directivos, la afición, los periodistas, los locutores, el tipo que vende maní a la entrada del estadio, ¿por qué exigir del árbitro perfección e infalibilidad del juicio?  ¿No son los errores arbitrales parte -y sazón indispensable- del juego de fútbol?  ¿Qué podría ser más bello que la heroica indignación, la ira regis que sucede a un error arbitral que perjudica a nuestro equipo?  ¿No es el tipo de gesto que genera discurso durante una década, que adquiere el rango de leyenda urbana, parte de la mitología del fútbol?  No sé, amigos, amigas, pero a mí ese fanático proceso de asepsia a que el fútbol está siendo sometido -purgarlo de todo error humano- se me antoja, paradójicamente, insalubre.  Lo humano será siempre egregiamente, divinamente impuro.  Lo único puro es el lienzo virgen del no ser: la muerte.  Vivir es ensuciarse.  La justicia absoluta -entelequia del “árbitro perfecto”- solo podría ser inhumana.  Errare humanum est, sed perseverare diabolicum (“errar es de humanos, perseverar en el error es diabólico”).  


Todo futbolista debe aprender a vivir con esa variable humana que llamamos “error”.  Debe estar asumida, presupuestada, digerida, introyectada.  Quien no pueda lidiar con ella no será capaz de practicar ni de gozar de ningún deporte.  Algo más: quizás no tenga siquiera la inteligencia necesaria para degustar y paladear la vida, que durante largos tramos no es otra cosa que una urdimbre de errores, leves algunos, otros descomunales, gazapos “de absolución papal”.


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