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Deporte: magia, poesía y heroísmo.


El futbol: un deporte sin historia

Jacques Sagot

El fútbol, tal cual es seguido por los fanáticos del mundo entero hoy en día, carece completamente de la noción de historicidad –y “a fortiori”, de historiografía, lo que quizás sea más grave–.  Es un deporte que vive estrictamente del “hic et nunc”: lo único que cuenta es la noticia “de actualidad”, las conjeturas o polémicas en torno al próximo encuentro entre el Real Madrid y el Barcelona.  No existe –no, por lo menos, tal cual yo la sueño– una historia universal del fútbol.  Es un deporte amnésico, y por consiguiente ingrato con sus héroes.  Desmemoriado, frívolo, no ha cimentado una cultura de la memoria, un “arché” –el origen, el archivo– y no atesora, no custodia eso que llamamos “documento”.  Su más grave enfermedad –y tal parece que le es constitutiva– se llama “contemporaneidad”.  Toda lectura histórica se hace, en tales casos, imposible o, por decir lo menos, lacunal: ¡no existe una arqueología del fútbol! (doy a la palabra el significado que Foucault le confiere en su “Arqueología del Saber”).  


La “historia”, en el fútbol, no vende.  Solo vende la noticia de última hora: el apetito de novedades, el vertiginoso caleidoscopio de la moda.  El resultado es que todo, en el fútbol, obsolesce mediáticamente en cuestión de cinco, seis años.  Justo lo que de manera tan conmovedora sugiere Vassilis Alexakis en el cuento “Le coup franc de Platini”: ese tiro libre de Platini que impresionó hondamente al narrador, que le permitió a Francia clasificar para el Campeonato Mundial México 1986, pero que va desdibujándose, evanesciendo de la memoria de la gente, y que termina por convertirse en algo parecido a un sueño: ¿habrá en efecto tenido lugar?  Alexakis lo ve erosionarse en la memoria colectiva, ese gol, justamente ese que él celebró extáticamente, y que fue el pasaporte de Francia al siguiente campeonato mundial, ¿no debería ser recordado por todo el mundo?  ¿Figurar en una especie de museo del fútbol?  ¿Ser visto y disfrutado una y otra vez por los “futbol consumptors”?  Me llena de angustia, lo huidizo, lo pasajero y efímero de la belleza y la alegría futbolística: ¡les debemos fidelidad, somos sus custodios, sus hierofantes, sus vestales, sus curadores, sus arqueólogos y museólogos!   

La Federación Internacional de Historia y Estadística del Fútbol (en inglés, International Federation of Football History and Statistics), mejor conocida por el acrónimo IFFHS, es una organización privada instituida el 27 de marzo de 1984 en Leipzig, por iniciativa del alemán Alfred W. Pöge, su actual presidente.  Loable empresa, suerte de gestión “enciclopedista” del fútbol.  Pero una base de datos, un banco de estadísticas es apenas un filón, una cantera de materia prima: sobre ella debe, ahora, venir a asentarse el trabajo de los historiadores, los exégetas.  Salvo por aisladas iniciativas –generalmente atinentes a clubes o, a lo sumo, ligas nacionales– no veo que nadie se esté ocupando de ello.  


Así las cosas, ¿cómo contemplar siquiera la posibilidad de que el fútbol opere como un principio de identidad nacional?  ¡No hay identidad sin memoria!  Los amnésicos no saben quiénes o qué son.  Para responder a la pregunta del momento –¿qué somos?– es imperativo evacuar la interrogante ¿de dónde venimos?  No somos únicamente nuestro origen: soy el primero en reconocerlo.  Pero de ello no es lícito inferir que nuestro origen –el pasado– sea completamente desdeñable en tanto que fundamento de esa precaria noción que llamamos identidad y que, en lo esencial, es percibida hoy en día como un problema.  


Resulta doblemente ridículo que en un deporte sin historia se empleen expresiones tan pretenciosas como “nuestro equipo hizo historia”, o “durante la era de Guardiola el Barcelona ganó incontables copas”.  ¿“Hacer historia”?  ¡Será, a lo sumo, una microhistoria dentro de la ya de suyo diminuta historia del fútbol!  Historia hicieron Alejandro Magno, Julio César, Napoleón Bonaparte, Abraham Lincoln: un poco de sobriedad les caería bien, señores.  ¿“La era de Guardiola”?  La noción de era se utiliza en geología para determinar las grandes fases en la historia del planeta: la era mesozoica, por ejemplo, duró 186 millones de años (los eones astronómicos, por su parte, se miden en billones de años), no el ínfimo cuatrieno en que un técnico tuvo quizás éxito sostenido con su equipo.  Para eso hay otros términos: “la época”, “los años de”, “el período”, “las temporadas”, “el mandato”, “la gestión”… ¡pero no “la era”, por el amor de Dios!  ¡Alguien tiene que ponerles un límite a las pomposidades, cursilerías, hipérboless y grandilocuencias de los locutores y periodistas deportivos!  Para “donner un sens plus pur aux mots de la tribu” hay que ser Mallarmé: no basta con estar sentado frente a un micrófono y espetar una que otra ocurrencia lingüística.  


Todo, en el fútbol –como en la vida misma–, está condenado a la irrepetibilidad.  Invoco al filósofo Vladimir Jankélévitch y su soberbio ensayo “L´irreversible et la nostalgie”.  Nada, en el fútbol, es repetible.  Cada movimiento, cada acción, cada respiro será una primera vez y una última vez absolutas (Jankélévitch acuña el término “primultime”, esto es, “primúltimo”).  “Panta rhei”.  Aun la segunda audición de un partido grabado en vivo nos deparará vivencias esencialmente diferentes: las acciones del juego serán las mismas, pero el receptor habrá cambiado (envejecido) entre la primera y las demás: su disposición, su nivel de atención, su concentración, su sensibilidad habrán variado.  No basta decir, como Heráclito, que nadie se baña en las aguas del mismo río.  Sucede además que, aun cuando las aguas fuesen las mismas (asumamos que se hubiesen congelado), el bañista, en su segunda inmersión, será ya otra persona.  Es que el verdadero río, el que no cesa de correr hacia su desembocadura (la muerte) es el bañista, el ser humano, más específicamente su conciencia temporal.  Recordemos a Jorge Manrique: “Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir”.  Me engalano citando también a Borges: “Negar la sucesión temporal, negar el yo, negar el universo astronómico, son desesperaciones aparentes y consuelos secretos.  Nuestro destino (a diferencia del infierno de Swedenborg y del infierno de la mitología tibetana) no es espantoso por irreal; es espantoso porque es irreversible y de hierro.  El tiempo es la sustancia de que estoy hecho.  El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego.  El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges”.  Todo lo que haremos hoy, y mañana, y pasado mañana, y siempre, lo haremos por primera y por última vez: conviene tener conciencia de esto, y grabarnos en la memoria el término “primúltimo”. 


El fútbol toca a todas las disciplinas concebibles: historia –y “a fortiori”, historiogafia–, sociología, antropología, politología, psicología, filosofía, neurociencia, psiquiatría, diversas áreas médicas, estética, ética, religión, marketing, publicidad, administración deportiva, deportología, jurisprudencia, economía, finanzas, mitología, música, literatura…  Todos estos discursos son legítimas vías de abordaje para el fútbol.  Yo, por supuesto, me he limitado a algunos de ellos.  Pero como ya lo hemos advertido anteriormente: ¡cuidado, que el fútbol no debe convertirse en un sucedáneo de la vida!  Repito un concepto antes expresado: “La alienación en beneficio del objeto contemplado se expresa así: cuanto más contempla el consumidor de espectáculos, menos vive.  Cuanto más acepta reconocer en las imágenes dominantes de la necesidad, menos comprende su propia existencia y su propio deseo.  La exterioridad del espectáculo con respecto al hombre que actúa se revela en que sus propios gestos ya no le pertenecen: pertenecen a otro que se los representa.  El espectador no se siente bien en ninguna parte, justamente porque el espectáculo está en todas partes” –nos dice Guy Debord en su “magnum opus”, “La Société du Spectacle”–.  En efecto, la televisión comienza por mimetizar los gestos de los telespectadores.  Luego los transforma, los pervierte grotescamente.  Por fin, los reinscribe en la sociedad.  Y es así como nos descubrimos un día cualquiera gesticulando y hablando exactamente como los personajes de nuestros sitcoms favoritos.  Lo que no solemos saber, es que nosotros proveímos la materia prima de la caricatura.


Así pues, el fútbol es un antídoto más contra la muerte social, la muerte histórica, la muerte en la memoria de esa criatura propensa a la amnesia que es el ser humano.  He ahí una razón más para protestar contra su falta de historicidad, su exclusiva preocupación con el presente o el futuro inmediato, y su desdén por el pasado (que tiene el problema de no ser rentable).  ¿Cuánta gente vio jugar a Di Stéfano?  Más allá de saber que es uno de los más excelsos jugadores que han bendecido nuestro deporte, ¿quién puede describir uno solo de sus goles, visualizar los rasgos de su rostro, describir cómo corría?  De Stéfano es, ya, un muerto “al cuadrado”: murió de muerte natural, y ahora nosotros lo asesinamos virtualmente con nuestro desinterés.  Y sin embargo, creo que la figura de Di Stéfano engarza armoniosamente con la macrohistoria del fútbol, y que muchas de las cosas que los modernos jugadores realizan en el campo de juego serían inconcebibles sin ese glorioso capítulo que su persona, por sí sola, representa.  No podemos comprender plenamente el hoy de nuestro fútbol, ignorando su ricamente poblado ayer.  Es como oír a Schönberg ignorando que su atonalidad y su dodecafonismo son la resultante histórica inevitable del incremento del cromatismo a partir de la música de Wagner.  Schönberg hace eclosión en un momento histórico en que todo propiciaba su advenimiento.  Algo más: es riguroso afirmar que Schönberg no existiría sin Wagner, Scriabin y Debussy.  Cierto: podemos disfrutarlo como una “causa sui”, pero será un disfrute limitado y trágicamente menguado.  Aún los filósofos que optaron por “leer” la historia como una serie de hechos caóticos, discontinuos (puntos discretos más que línea), en los cuales no se podía establecer una relación causal o una macronarrativa coherente, persistieron en seguir usando la noción de “arqueología” (Foucault).  La historia del fútbol es, tal cual yo la concibo, perfectamente orgánica y “legible” como una inmensa novela pletórica de sentido.  Una historia -¡ay!- sin bardos, sin rapsodas, sin lectores.  Hijo preeminente del “hic et nunc”, el fútbol no quiere integrarse a ninguna macronarrativa.  Prefiere vivir en un islote cultural carente de memoria.  Pero resulta que, en el universo humano, lo que no se inscribe en la historia, simplemente deja de ser.  La historia, sí, esa que Marco Tulio Cicerón, en el siglo I a. C., describía como “testigo de los tiempos, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida y mensajera de la antigüedad”. 


“In fine”, creo que me va a corresponder a mí escribir “La historia Universal del Fútbol”.  Lo haré con inmensa alegría.  Será una empresa, por decir lo menos, titánica, pero voy a abocarme a ella en cuerpo y alma.  Y no me tomará tanto tiempo como quizás están creyendo.  A decir verdad, empecé a escribirla hace mucho, sin proponérmelo.  Vamos a ver a qué nuevo castigo de los dioses me condena este reincidente pecado de “hibrys” (exceso).  Ya les contaré.  Nada bello o grande ha sido creado en el mundo si no es en virtud del exceso.  Los temperamentos pacatos, prudentes, moderados, no generan más que mediocridad.  El mundo es de los excesivos, los audaces y los obsesos.                     




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