Deporte: magia, poesía y heroísmo
Cruel, inclemente futbol
Jacques Sagot
Es inmisericorde y despiadado, el fútbol. Y nadie como el portero debe soportar el ensañamiento antropofágico de la turbamulta. Una leyenda rusa afirma que ahí donde un arquero comete un error, el césped no vuelve a crecer. Hoy la gente pregunta: “¿qué fue de aquel porterillo malísimo que se tragó dos goles infantiles, en la final de la Copa de Campeones entre el Real Madrid y el Liverpool?” Han borrado hasta su nombre. Nadie quiere recordarlo. Desde aquella noche aciaga, cuando lo abandonaron todos los dioses del fútbol, es un fósil deportivo. Salió llorando de la cancha, llevándose las manos al corazón, y pidiendo perdón a la gradería. Dos errores como el Himalaya acabaron con su carrera: un saque de mano interceptado por Benzema, y un disparo desde 30 metros de Bale, que lo transformó en estatua de mantequilla… el Real Madrid, sin jugar bien, se llevó la copa por marcador de 3-1.
Loris Karius milita hoy clandestina, casi confidencialmente, en el oscuro Besiktas, de Turquía, donde sigue sin reponerse del naufragio de su Titanic. El sociolecto futbolero habla de “cometer un Karius”: pifiar de manera aparatosa y monumental. Este hombre bondadoso y magnífico portero (lo probó con el Manchester City, el Stuttgart, el Mainz 05 y la Selección Juvenil de Alemania), es hoy el hazmerreír de la comunidad futbolística mundial. Después del choque con Benzema sufrió una conmoción cerebral que explica el segundo gol. Pero eso es irrelevante para los verdugos y guillotinadores del fútbol. A los 24 años de edad (un chiquillo, en la longeva carrera de los porteros) lo amortajaron y sepultaron sin siquiera administrarle la extremaunción.
Nadie recordará sus penales detenidos, sus salidas al achique y sus portentosas atajadas. Solo lo evocaremos por los dos gazapos puntuales cometidos en el curso de esa infausta final. “Los errores de los hombres serán grabados en el bronce, sus virtudes serán escritas en el agua” –dijo Shakespeare, egregiamente–. Así somos de mezquinos, de miserables, de crueles.
El correo electrónico de Karius se saturó de amenazas de muerte y mofas sangrientas: odio destilado en su forma químicamente pura. Jamás se le dio una segunda oportunidad con el equipo rojo de los Beatles. Hoy es apenas un fantasma, amarga reminiscencia, melancólica leyenda, fábula inmemorial, imagen que se difumina en el límite del olvido… como la Llorona, el Cadejos o el Pisuicas. Eternamente estigmatizado por los desaciertos de una desventurada noche, por haber cometido el error de ser “humano, demasiado humano” (Nietzsche).
El verbo “pifiar” y el sustantivo “pifia” provienen del mundo ecuestre. Son los caballos los que pifian. La pifia es ese falso arranque, ese amago de galope que es abortado, y que arranca del animal un relincho sofocado, agudo, señal de frustración. Los músicos, por excelencia, somos animalitos “pifiadores”: fallamos notas, y eso nos emparenta con los caballos, a oídos de los escuchas y los críticos inconmovibles. Hay colegas tan ruines, tan bajunos, tan envidiosos, que van a los conciertos a contar y celebrar las pifias que el músico comete. Lo sé, lo he padecido, es un tipo de psicópata con el que hay que lidiar en el planetilla del arte.
En un deporte en el que se equivocan los delanteros, los mediocampistas, los defensas, los árbitros, el director técnico, los periodistas, los directivos, los gerentes deportivos, la afición, el hombre que expide los tiquetes en su ventanilla, y el chaval que vende maní o caretas contra el sol en las graderías, ¿por qué no habría también de equivocarse el portero? ¿Por qué exigir de él sobrehumana infalibilidad? En el deporte –en toda actividad concebible– existe ese factor X que llamamos error humano. Es preciso aceptarlo, y aprender a vivir con él. Un médico comete un error de diagnóstico o de praxis, y se muere el paciente. Un piloto de avión lee incorrectamente el indicador de altura, velocidad, dirección o combustible, y mueren doscientas cincuenta personas, él incluido.
¡Ah, fútbol, donde un error humano puede costar billones de dólares! ¡Despiadada y prostituida maquinaria trituradora de hombres! ¡Un juego, sí, pero un juego macabro, inmisericorde, que no da segundas oportunidades y pisotea lo esencial humano!





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