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Deporte: magia, poesía y heroísmo

Un rígido binarismo que debe estallar en mil pedazos


Jacques Sagot



Se impone la deconstrucción de la línea fronteriza que confina al artista y al deportista a compartimentos estancos, completamente incomunicados.  Si bien he sido enfático en deslindar la naturaleza de sus quehaceres, también he propuesto mil puntos de confluencia entre ambos.  El maniqueo, simplista encasillamiento del intelectual en una celda por un lado, y al deportista en su cancha o cuadrilátero, por el otro.  Separados como si de bichos absolutamente incompatibles se tratase.  El “intelectual” a quien le es vedada cualquier cosa que no sea disertar sobre los temas más insondables que sea dable imaginar, y el deportista descerebrado, únicamente bueno para dar puñetazos o patear una bola.  


¿Sabían ustedes que Nabokov, Cortázar, Fontanarrosa, Montherlant, Sartre y Sábato fueron apasionados del fútbol?  ¿Que Camus hizo las veces de portero del Racing Club Universitario de Argelia y estaba destinado a una gran carrera, abortada por la tuberculosis?  ¿Que el poeta suizo Arthur Cravan desafió al campeón de los pesos completos Jack Johnson, resistiéndole cuatro asaltos?  ¿Que Cocteau adoraba los deportes ecuestres?  ¿Qué Bach, Mozart, Schumann, Brahms, Chaikovski, Ravel, Prokofiev y Shostakovich practicaron el ajedrez asiduamente?  ¿Que Schönberg creó incluso un prototipo de ajedrez que permitía la confrontación de dos jugadores por bando?  ¿Que el gran pianista austríaco Paul Badura-Skoda derrotó en el tablero a Petrosian y Karpov, hizo tablas con Capablanca, Alekhine y Fischer, y perdió únicamente contra Kasparov?  ¿Que en más de una ocasión retrasó su salida a escena para terminar una partida en la que estaba absorto, y que en los intermedios de sus conciertos se dedicaba a analizar posiciones en su pequeño tablero magnético?  ¿Que se ponía el frac y pasaba de los 64 escaques del tablero a las 88 teclas del piano sin transición?  ¿Que el inmenso violinista David Oistrakh era un ajedrecista consumado y se reunía a jugar frecuentemente con Shostakovich, también notable en el mal llamado deporte – ciencia?  ¿Que Eduardo Galeano es autor de dos libros notables sobre nuestro deporte: Su majestad el fútbol (1968) y Fútbol a sol y sombra (1995)? ¿Que el actor Christoper Reeve practicaba la equitación, y su colega Richard Harris, eminente intérprete de Shakespeare, era un distinguidísimo jugador de squash?   ¿Que Kodály practicaba la natación competitiva y el patinaje artístico sobre hielo a los ochenta y dos años de edad?  ¿Que en Les Olympiques, Henry de Montherlant nos habla de “las horas de poesía que el deporte nos permite vivir, en la gracia –a veces en la belleza–, de los rostros y los cuerpos jóvenes, en la naturaleza y la simpatía”?  ¿Que Vassilis Alexakis –adorador del fútbol–nos legó en “El tiro libre de Platini” uno de los más bellos relatos jamás escritos sobre este deporte?  ¿Qué George Bernard Shaw practicaba el boxeo amateur a los ochenta años?  ¿Que Tolstoi era un destacadísimo jinete y ciclista, y adoraba la gimnasia, la natación, el patinaje y el ajedrez?  ¿Que el pintor francés Lucien Ardenne fue boxeador profesional antes de dedicarse a la plástica?  ¿Que Pushkin, “sol de la poesía rusa”, era sorprendentemente diestro en la esgrima?  ¿Que Byron cultivó asiduamente la natación para fortalecer su físico endeble, y logró atravesar a nado el estrecho de los Dardanelos?  


Por lo que atañe a los escritores y académicos españoles que se han interesado por el fútbol –¡y algunos de ellos lo han practicado en categoría de amateurs!– la lista es extensa: Antonio Machado, Miguel Hernández, Rafael Alberti, Eugenio D´Ors, Dámaso Alonso, Miguel Delibes, Gabriel Celaya (conocido como “el poeta de la Real Sociedad”), Manuel Vázquez Montalbán, Rafael Fernández Shaw, Joan Oliver, José María Pemán, Gerardo Diego, José María de Cossio, Camilo José Cela… una verdadera legión.  Y el fenómeno simétrico no es menos frecuente: Smyslov, campeón mundial de ajedrez, era un barítono operático de fuste.  Tahl, también monarca mundial, “el mago de Riga”, era un pianista competente (a pesar de que una enfermedad congénita lo había privado de dos dedos de la mano derecha, rasgo que disimulaba escondiéndola en el bolsillo de su abrigo).  Taimanov, campeón ruso, fue un pianista sobresaliente.  Después del varapalo 6-0 que le infligió Fischer en su avance de tsumani rumbo al cetro mundial, declaró: “Bueno, siquiera me queda el piano por consuelo”.  Johnny Weissmuller, medallista olímpico en París 1924 y Amsterdam 1928, y campeón estadounidense de natación incontables veces (se retiró invicto) se convirtió en el Tarzán por antonomasia, y tuvo una carrera actoral distinguida (no digo con ello que fuese capaz de sustituir a Lawrence Olivier en Hamlet, pero tenía recursos histriónicos nada despreciables para un deportista).  Otro tanto cabe decir de Esther Williams, notable nadadora especializada en competencias sincronizadas, que construyó una respetable carrera cinematográfica, con espectáculos que solicitaban a menudo sus destrezas acuáticas.  Jorge Valdano y César Luis Menotti han escrito admirablemente sobre el fútbol.  Por otra parte, François-André Danican, conocido como Philidor, pertenece por lo menos tanto al mundo del ajedrez como al de la música.  Contemporáneo de Haydn y Mozart, este insólito personaje compuso óperas cómicas con el mismo donaire con que escribió un tratado de análisis del ajedrez (1749), creó la famosa “defensa Philidor”, ideó diversas variantes que conducían al rival a posición de Zugswang (situación en la que todas las movidas del rival son obligadas, bajo el constante acoso del jaque mate) en finales de juego, e introdujo la práctica de las exhibiciones de ajedrez simultáneas y a ciegas.  


El biógrafo de Bach, Douglas Hofstadter, sostiene que el Kantor de Leipzig practicaba el ajedrez a modo de “calentamiento”, de “preparación” previa a sus sesiones de composición.   Y José María Sánchez-Verdú –otro músico enamorado del ajedrez– estima que el esfuerzo mental requerido para componer una obra como la Ofrenda Musical es comparable –como proeza mental, no hablemos del factor inspiración– a la faena consistente en jugar sesenta partidas de exhibición a ciegas, y ganarlas todas.   Hay compositores que afirman que el ajedrez les permite ponderar el caudal combinatorio de las notas, de la misma manera en que un jugador considera las variantes posibles antes de ejecutarlas en el tablero.  


Luego vienen los casos que todos conocemos: Bruce Lee, Van Damme, Chuck Norris, Stephen Segal, Schwarzenegger y aun un rufián de la calaña de O. J. Simpson saltan, como por mágica escotilla, del fútbol americano a Hollywood.  No ahondaré en estos mediocres personajes.  No hay en ellos una molécula de arte, y si hicieron carrera como “actores” ello fue únicamente gracias a las aberraciones y al farandulerismo barato del “parnaso” hollywoodense, el “star system”.


Finalmente, celebro con hondísima satisfacción la reciente iniciativa consistente en declarar ciertos partidos “patrimonio universal de la historia deportiva del mundo”.  Brasil 4 – Perú 2 del Mundial 1970, Brasil 4 – Italia 1 del Mundial 1970, Brasil 1 – Inglaterra 0 del Mundial 1970, Alemania 3 – Inglaterra 2 del Mundial 1970, Italia 4 – Alemania 3 del Mundial 1970, Alemania 4 – Suecia 2 del Mundial 1974, Argentina 2 – Inglaterra 1 del Mundial 1986, Argentina 3 – Alemania 2 del Mundial 1986, Bélgica 4 – URSS 2 del Mundial 1986, Brasil 1 – Francia 1 del Mundial 1986, son algunos de los encuentros considerados para integrar este acervo patrimonial.  Emocionantes todos, sí, pero en términos de perfección formal, de depuración técnica, fluidez y frecuencia de ocasiones de gol generadas, no habrá otro mejor que Brasil – Perú de 1970.  Los astros de ambos equipos se pusieron todos de acuerdo para brillar al máximo de sus capacidades, el balón no abandona el terreno de juego durante larguísimos tramos, las faltas son mínimas, los goles abundantes, el balón es tratado con esmero, con amor, por los protagonistas…  Lo único ligeramente perturbador es que, aunque Perú hizo un gran partido (lástima que persistió testarudamente en entrar por el centro y casi no usó las bandas), Brasil debió, en honor a la verdad, haber ganado por un marcador mucho más categórico.  Dos tiros al poste de Pelé, varios remates de Rivelino y alguno de Jairzinho y Tostao hubieran debido elevar el marcador a las dos cifras.  Posiblemente el marcador más justo para este juego soberbio, expresión sublime y arquetípica del fútbol en su más pura manifestación, hubiera sido Brasil 10 - Perú 5.  “Dios puso su mano sobre este partido” –rememora un emotivo, saudoso Rivelino–. Buena cosa, que el mundo atesore estos documentos, y cree un archivo patrimonial de ellos.  Tanta belleza no puede ir a perderse en los oscuros meandros del olvido.                      


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