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Deporte: magia, poesía y heroísmo

¡Sea humildito, sea modestito, sea chiquitito!


Jacques Sagot


¡Ah, nuestros futbolistas no cesan de exhibir su endémica falta de higiene psicológica, de músculatura espiritual! Sus declaraciones para los micrófonos después de los partidos son un venero inagotable de estolideces y maltratos del idioma. Han terminado por creer –deformación profesional, sin duda– que al idioma castellano, como a la pelota, se le trata a patadas.

He aquí una de sus manifestaciones típicas: “Bueno, veá, o sea, veá, es decir, o sea, veá… hicimos lo que pudimos, pero idiay, no se nos dio el gol. Probamos por alto, por las bandas, por el centro, pero no se nos dio el gol. Ahora hay que seguir trabajando para que en los próximos partidos se nos dé el gol”.

A lo que yo pregunto: ¿quién demonios es “se”? ¿A quién alude este pronombre ambiguo e impreciso? ¿Será por ventura la tía del cuñado de la abuelita del suegro del hermano de la novia del peluquero del plomero de la vecina del pulpero de la mamá del futbolista de marras? No: es el “se” heideggeriano. Ese pronombre que no designa stricto sensu, a nadie. Hablar de “se” es ya una manera de no asumir responsabilidad por la derrota. No es “se” el que pierde: ¡es el incompetente equipo que no fue capaz de marcar un gol! La única respuesta honesta, en estos casos, sería esta: “Asumo total responsabilidad del fracaso de nuestro cuadro. Yo carecí, y mis compañeros también, de la capacidad, la destreza, la imaginación, la creatividad, la técnica y la estrategia necesarias para marcar el gol. Es mi responsabilidad: la mía, personal e intransferible, y ese no es “se”: soy yo”.

El uso del “se” de Heidegger diluye toda responsabilidad en una masa amorfa, indeterminada e inidentificable. Es la más ladina manera de eludir la responsabilidad. Un muy mal comienzo psicológico para el trabajo que supondrá levantar al equipo para la próxima fecha. El “se” no existe, es un fantasma, y una atribución causal que le impedirá al jugador crecer psicológicamente. Es cosa que tengo que oír diez veces al día en una jornada futbolística costarricense.


Y ahora, las declaraciones típicas de nuestros futbolistas después de un triunfo de su equipo: “O sea, bueno, pues sí, veá, o sea, veá, pues… nosotros vinimos a atacar, veá, pero el rival se paró muy bien atrás. Pero nosotros, pues, o sea, no nos dejamos y bueno, por fin cayó el golcito. Lo anoté yo, veá, pero fue mérito de todo el equipo, yo simplemente estaba parado ahí en el área, y bueno, pues lo único que hice fue meterle el pie al centro que venía desde la izquierda, o sea. No es mérito mío, sino del equipo. Y claro, también de esa linda afición que nos apoya cada domingo. Además, hoy cumplía diez años de muerta mi abuelita, y yo sé que este regalo fue obra de la viejita. De hecho, cuando estaba en el terreno de juego la vi asomarse desde una nube en el cielo y sonreírme. Así que ella fue la verdadera autora del gol. Y bueno, pues, qué decir, veá, o sea… ahora solo resta seguir trabajando fuertemente para darle más satisfacciones a esa gente tan especial y tan linda de Paso del Chancho de Chirraca de Acosta: es importante que nos sigan haciendo barra en los próximos partidos, o sea, veá, pues, o sea”.


Lo primero que llama poderosamente la atención es el miedo a asumir la responsabilidad por el triunfo, la devaluación del mérito personal en la consecución de la victoria. Es la pose del “humildito”, del “modestito”, del “chiquitito”, del “recoletito” que el costarricense, movido por una concepción completamente errónea de la verdadera humildad, suele cultivar: ¡todo sea antes que ser tildado de “creído”, de “pesado” o “arrogante”: son “vicios” que el costarricense no perdona! (Unamuno dijo que la arrogancia siempre se ve redimida por su propia obra, pero ¿qué futbolista en Costa Rica ha jamás sabido quién es el señor de marras?). El costarricense prefiere mil veces a un mediocre “humilde” que a un genio “arrogante” (o erróneamente percibido como tal).


Allá en la década de los ochenta jugaba con el Club Sport Herediano, y luego con Saprissa, un formidable lateral izquierdo alto, zancón y pasablemente desarticulado, al que llamaban “el zancudo Díaz”. Era uno de esos jugadores impredecibles, rapsódicos, improvisatorios, que nadie es capaz de marcar… porque ni ellos mismos saben lo que van a hacer, cuando dan inicio a una maniobra ofensiva. Yo siempre lo tuve en la más alta estima: era capaz de goles insólitos, anotados desde ángulos imposibles, verdaderos desafíos a los postulados básicos de la geometría euclidiana. En alguna ocasión fue entrevistado por uno de nuestros reporteros cuando salía del terreno de juego, donde venía de anotar uno de sus inverosímiles goles. Y ahí cometió el error de su vida. Dijo: “El partido estuvo muy difícil, pero bueno, gracias a mi gran talento, técnica y perseverancia pude anotar ese gol, y con ello clasificamos para la siguiente ronda”. ¡Cielo santo: para qué lo hizo! En la siguiente fecha el distinguido público no cesó de abuchearlo, de lapidarlo bajo montañas de improperios, y de insistir en que se trataba de un “creído”, un “negro arrogante que ahora se las daba de Pelé”. Todo eso y muchas otras cosas oí. Así premió la afición su gol providencial, y el alto grado de calorías emocionales de su juego, excelsamente caótico, pero efectivo y apasionado. Fue un linchamiento colectivo. Violó la primerísima norma de nuestro código convivencial: hacerse el “humildito”, agachar la cabeza, reptar por el suelo como un molusco gasterópodo y jamás autoasignarse valor o mérito alguno por cualquiera que sea la proeza ejecutada.


Así que el costarricense tiene tremendas dificultades para aceptar la responsabilidad por un error, como para aceptar la satisfacción personal y los elogios por un acierto. No quiere ser ni perdedor ni ganador: ambas situaciones lo sumen en la congoja. Carecemos de las enzimas morales para digerir ambas experiencias. Cuando el equipo pierde, fue porque el gol “no se dio”. Cuando gana fue por obra de la Negrita, el Espíritu Santo, el ánima de la abuelita muerta una década atrás, la suerte, el destino, la providencia, la dirección en que soplaba el viento, la configuración de los astros en el firmamento, el apoyo de esa afición “tan linda y especial”. El problema es que cuando todas las aficiones son “especiales”, ninguna puede serlo de manera real: la noción misma de lo “especial” es excluyente, privativa y singularizante.


Nuestros jugadores no saben lidiar ni con el fracaso ni con el éxito. Esta segunda instancia es particularmente preocupante. Le tienen tal pavor a la posibilidad de ser señalados como “un creído”, que minimizan ferozmente todo lo que deberían, antes bien, exhibir con orgullo, satisfacción, sonrisa de héroe mítico, saludable y perfectamente natural altivez y ufanía. No es pecado, señores, tener un alto concepto de ustedes mismos. No se “chiquiticen”, no se “enanicen”, no encarnen eternamente el rol de criaturitas liliputienses asustadas de todo cuanto en el mundo es grande, pleno y glorioso. Si en nuestra mitología patriótica tuviésemos a Ulises, Hércules, Jasón, Perseo, Héctor, Atalanta, Penélope, Teseo y Telémaco, otra sería nuestra auto-percepción. Los pueblos son del tamaño de sus héroes. Y nosotros a lo sumo tenemos a doña Chinda, Olegario Mena, Emeterio Viales, Zoilo Peñaranda y Juan Vainas. ¡Pssst… vaya galería de titanes!


Esa es nuestra idiosincrasia, la filosofía del “chiquitismo”: mini-vidas, mini-autoestima, mini-talento, mini-aspiraciones, mini-discursos, mini-comprensión del mundo, mini-ética, mini-conciencia social, mini-autoconocimiento, mini-personalidades, mini-fútbol. Una Costa Rica en tamañito bonsái. Apenas para una corronguita macetita en algún rinconcito del patiecito.


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