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Deporte: magia, poesía y heroísmo

Actualizado: 28 sept 2023

Cuarenta y cinco años después, la podredumbre todavía huele


Jacques Sagot

Cuando en 1966 Argentina fue designada sede del Campeonato Mundial 1978, era uno de los pocos países latinoamericanos que vivían bajo un régimen democrático. Ya en 1976 sobrevino el golpe de Estado del General Videla, la defenestración de Isabel Martínez de Perón, y los militares coparon el poder durante siete años. Atroces, sanguinarias dictaduras, todas consolidadas en el decurso de una época por lo demás fatídica para casi toda Latinoamérica. Al tomar el poder los militares, muchos refugiados políticos uruguayos, paraguayos, chilenos y brasileños que vivían en Argentina se descubrieron caídos en un nuevo cepo: ¡mísera vida! Incontables voces objetaron la celebración del evento en Argentina. La más conspicua de todas: Johan Cruyff, que se negó a participar en el mundial, estando aún en la plenitud de sus poderes. Varios miembros de la Selección Holandesa se comprometieron incluso con las causas de los prisioneros políticos y los desaparecidos.


En Francia, la COBA (Comité de Organización de Boicot de Argentina) publica libelos, afiches, orquesta manifestaciones públicas y declaraciones en los medios para denunciar el horror de la dictadura militar. Aún más: acusan a los mercaderes de la muerte que, en Francia, venden armas a los torturadores de la dictadura argentina. El técnico, Michel Hidalgo, jugadores como Rocheteau y el propio Fernand Sastre (presidente de la Federación Francesa de Fútbol) se preguntan si la presencia de Francia en la justa de 1978 no será políticamente censurable. Platini, la revelación francesa del momento, es presionado para no asistir al campeonato. Hidalgo es objeto de un ataque armado: lo hacen bajar un día cualquiera del carro con su esposa, y lo encañonan. Ambos logran escapar.


Cuatro de los afiches diseñados por el COBA merecen ser descritos. Uno: dos fusiles cruzados en X sostienen un balón. Dos: la pelota es rodeada por dos líneas paralelas de alambres de púas, en lugar de los sinuosos, acogedores trazos del emblema oficial. Tres: en una pancarta vemos la pantalla de un aparato de televisión. En la imagen leemos: “Detrás de la pantalla está la realidad. Mientras usted aplaude al equipo francés, el ruido apagará el gemido de las personas que están siendo en ese momento torturadas”. Cuatro: el balón es flanqueado por dos siniestros militares, y sobre él pone sus garras un perro de aspecto feroz. La leyenda se limita a establecer el paralelismo: “Berlín 1936, Argentina 1978”. A fin de cuentas, el Partido Comunista Francés terminó oponiéndose al boicot, y Francia acudió al mundial. Too much ado about nothing -hubiera dicho Shakespeare-. Sí: demasiado ruido para tan pocas nueces. Todo el mundo concurrió a la cita, a sabiendas de que las brigadas de la muerte, las cámaras de tortura, los juicios someros, los desparecidos, los cadáveres arrojados desde aviones al océano, los bebés robados a sus madres, los fusilamientos estaban ahí. A pocas cuadras del Estadio Monumental de River Plate, en Buenos Aires, donde fue jugada la final Argentina - Holanda, había reductos destinados a la tortura de los presos políticos, centros clandestinos de detención (CCD): ¡el infame ESMA (“Escuela de Mecánica de la Armada”) se encontraba a metros del estadio! El gran Osvaldo Ardiles -sin duda el mejor jugador de ese equipo, n´en déplaise a Kempes- dijo, muchos años después, que si él hubiese sabido lo que estaba sucediendo, jamás hubiera jugado la copa, y que por lo que a él atañía, estaba dispuesto a devolverla. Otro tanto manifestó René Houseman: “De haber sabido lo que estaba pasando en Argentina durante el mundial 1978, yo jamás hubiera jugado con la Selección Nacional”.


Y todos sabemos lo que sucedió en la fecha del 21 de junio de 1978. Para avanzar a la final, Argentina tenía que vencer a Perú por un mínimo de 4 goles. En la segunda ronda (no se utilizaba el sistema de eliminación directa), Brasil había derrotado a Perú 3-0, a Polonia 3-1, y empatado con Argentina 0-0. Argentina, por su parte, había doblegado a Polonia 2-0 y compartido con Brasil el empate sin goles. Perú estaba eliminado, y Polonia (vencedora de Perú 1-0) no dependía ya de sí misma para seguir adelante. Como decía, Brasil derrotó a Polonia 3-1. Primera decisión irregular y cuestionable: la hora del partido Brasil - Polonia fue adelantada para que la Albiceleste jugase conociendo el resultado de la justa paralela. Poco antes del encuentro, el General Videla, acompañado por el siempre siniestro Henry Kissinger visitó los vestidores del equipo peruano. Nadie sabe qué palabras se intercambiaron, en esta sórdida encerrona. No se reunió con el cuadro argentino. El resultado fue favorable a Argentina 6-0. Perú no ofreció resistencia alguna. Su actuación se constituye, junto con algunos de los atropellos cometidos a favor de Italia en los campeonatos 1934 y 1938, y el triunfo 1-0 pactado de Alemania sobre Austria en España 1982, en la más bochornosa página en la historia del fútbol mundial. Algunos jugadores peruanos declararon sentirse sorprendidos por la “concesividad” de los defensas de su equipo. El cuadro fue recibido, a su regreso a Lima, por hordas de gente que les tiraban monedas a su paso. Perú no era, de ninguna manera, un equipo a tal punto masacrable. En sus filas jugaban todavía varias de las estrellas del cuadro revelación en el Mundial México 1970: Teófilo Cubillas, Ramón Mifflin, Héctor Chumpitaz, y Hugo Sotil, entre ellos. A estos astros habría que añadir los nuevos talentos: César Cueto, Juan Carlos Oblitas, Juan José Muñante y José Velásquez. Eran un buen cuadro. En primera ronda empataron 0-0 contra los que serían subcampeones (Holanda), derrotaron a Escocia 3-1 y bailaron a Irán 4-1, con un fútbol bello, acompasado, elegante, y actuaciones soberbias de Cubillas, Cueto, Velásquez y el portero Quiroga (que le detuvo un penal a Escocia, a la sazón uno de los más fuertes equipos europeos). En segunda ronda cayeron contra Brasil 3-0 (dos goles con balón muerto, y una pifia de Quiroga), y se rindieron decorosamente contra Polonia 1-0. No, no, no: en modo alguno era el tipo de conjunto al que se le administra una paliza 6-0. Cierto: meses antes del mundial Brasil y Argentina lo habían derrotado, ambos por 3-0. ¡Pero de eso a 6-0 hay una gran diferencia! En todo caso, Argentina llegó a la final contra Holanda, que ganó 3-1 en la prórroga, gracias a una actuación de bravura de Kempes y a la base del paral derecho de Fillol, que en los segundos de reposición del partido “atajó” un remate de Rensenbrink, en un descuido de la zaga argentina. Brasil, “el rey que rabió”, tuvo que conformarse con el tercer puesto, ganado a Italia 2-1. Fue el único equipo invicto del torneo. El Perú que “jugó” contra Argentina le faltó el respeto a la comunidad futbolística mundial, y se faltó el respeto a sí mismo. Un sainete, una lamentable farsa, un fantasma de equipo que arrastró su sombra durante 90 minutos, viendo como los argentinos entraban a su área sin marca, sin vigilancia, sin encontrar el menor obstáculo. La euforia colectiva que el título generó en Argentina -una potencia futbolística por todos reconocida, que no había logrado llegar más allá del subcampeonato, en el Mundial Uruguay 1930- anestesió durante años el malestar político del país. A buen seguro, un coup de génie del General Videla. Algunos han bautizado la justa como “El Mundial Videla”. En 1998, Ramón Quiroga, guardameta titular del equipo peruano, afirmó que algunos de sus compañeros habían actuado “extraños”, durante el encuentro. Además cuestionó la alineación impuesta por el técnico Marcos Calderón. El portero argentino (nació en Córdoba) y nacionalizado peruano, señaló que algunos de sus correligionarios -el robusto defensa Rodolfo Manzo, entre ellos- no mostraron el mismo nivel que en encuentros anteriores. “El negro Manzo no paraba nada, ni él, ni la defensa. En un gol (cuarto de Argentina, anotado por Luque en el minuto 50), Manzo se agacha y me deja solo ante el rematador” -recordó Quiroga-. El arquero confirmó la presencia de Jorge Videla y Kissinger antes del encuentro, conversando en el vestidor peruano con Héctor Chumpitaz. Pero no es preciso elaborar aquí una descripción de cada uno de los “goles” argentinos. Lo mejor que el lector puede hacer es verlos en YouTube: ahí están todos, preservados en el esplendor de su ridícula factura: delanteros que entran solos, sin marca alguna; punteros a los que nadie viene a obstruir; una defensa que “amablemente” se hacía a un lado a fin de no obstruir los avances albicelestes, mediocampistas que se dejan arrebatar la pelota deliberadamente para propiciar los ataques argentinos… Es asqueroso. La apatía y concesividad de la zaga peruana sería perceptible aun por un lego en materia de fútbol. Una irregularidad más: el árbitro originalmente designado para la final Argentina - Holanda era el israelí Abraham Klein. Para estupor de todos, fue reemplazado a última hora por el italiano Sergio Gonella, que incuestionablemente favoreció a los anfitriones, si no merced a ninguna decisión radical, sí a través de una acumulativa y exasperante sucesión de pequeñas sanciones en contra de Holanda.


En el orden político, a todo esto se suman las declaraciones realizadas por el senador peruano Genaro Ledesma Izquieta, preso político en Argentina: según él, para su liberación exigían la victoria del conjunto organizador del mundial. Ledesma Izquieta le dice al juez argentino Norberto Oyarbide, en una causa contra Videla, que el 6-0 fue una compensación de la dictadura peruana de Francisco Morales Bermúdez (1975-1980) por el envío a Argentina de 13 militantes peruanos presos, entre ellos el declarante. Durante algunos días se jugueteó con la posibilidad de que la FIFA retirase a Argentina el trofeo. Por supuesto, la iniciativa no prosperó.


De toda suerte, a la pregunta, ¿puede un país que vive bajo una dictadura militar ser sede de un campeonato mundial, de una olimpíada (pronto se constituiría también la COBOM: Comisión para la Organización del Boicot de las Olimpíadas en Moscú)? Habría que responder: ¿cuántas naciones podían declararse democráticas, en 1978? Poco antes de su muerte, exiliado en Nueva York, Bartók expresó su voluntad testamentaria de que su música no fuese jamás ejecutada en ningún país que viviese bajo regímenes totalitarios de derecha o izquierda: ¡eso hubiese supuesto, en 1945, a dos terceras partes del planeta! Por supuesto, su deseo fue desoído. Para ser coherentes con los reparos políticos del campeonato mundial 1978 en Argentina, habría que haber exigido la no participación de ningún país que viviese bajo forma alguna de dictadura. ¡No hubieran podido ir Brasil, Perú, Polonia, Hungría, Irán y Túnez! ¡Siete de dieciséis equipos! ¿Fue el triunfo argentino en el Mundial 1978 una jugada más en el Plan Cóndor, que proponía un programa de mutuo apoyo entre las dictaduras militares de Argentina, Brasil, Chile, Uruguay, Paraguay, Ecuador, Bolivia, Venezuela y Colombia -todo el cono sur- y cuyo ideólogo y mastermind no era otro que Henry Kissinger, el hombre que, junto al presidente Nixon, orquestó el golpe de Estado perpetrado en Chile el 11 de setiembre de 1973 contra el régimen constitucional de Salvador Allende, el primer gobierno socialista electo por voluntad popular? No lo sabremos jamás. En todo caso, resulta claro que, en este caso, el fútbol sí cumplió a plenitud con su función de “opio político”. Pero no tiene sentido emprenderla contra el vino a causa del borracho violento y abyecto. Declarar que el fútbol es, siempre, por principio, un instrumento de la alienación política, parte de los “aparatos represivos del Estado” (Althusser) es, a todas luces, una insensatez.

En el libro "Éloge de la passe", Wally Rosell dice: “Era preciso denunciar la situación dramática en que se encontraba el pueblo argentino. Necesitábamos un acontecimiento fuerte y espectacular para poner el campeonato mundial en el centro de la vida política. Lo paradójico del caso es que yo adoro el fútbol, y en aquella época jugaba regularmente con placer. Pero divertirme sin conciencia social e internacional me resultaba y me sigue resultando intolerable. Aún cuando el boicot fracasó, el gesto logró su objetivo: desnudar la dictadura argentina en el seno de la media… Entonces no teníamos todavía Radio Libertaria”. Comprendo su sentir. Y en el mismo libro dice lo que me parece esencial en la reflexión que aquí he desarrollado: “El deporte no es ni de izquierda ni de derecha, ni capitalista ni comunista. El deporte, como la literatura, es lo que quieras hacer de él. Yo, junto a los compañeros que elaboramos este libro, hemos tan solo procurado que el deporte se revele como una escuela de aprendizaje de las prácticas libertarias y sociales de lucha, ya sea en el marco de un equipo o en la dimensión individual”. A esto añadiré esta reflexión de Camus quien, como sabemos, pertenece tanto al mundo del fútbol como al de la literatura: “La Verdad no es tal por encontrarse a la derecha o a la izquierda. Si está en la derecha, es ahí donde iré a buscarla, si está en la izquierda, es ahí que la proclamaré”. ¡Gran, gran, frase! ¡La negación de todo dogmatismo monolítico, de la sacralización de la ideología política, el hombre comprometido que no quiere que un partido piense por él, que le dicte sus lineamientos, que lo exima del deber de buscar la Verdad desde sí mismo, la conciencia a guisa de única linterna!


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