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Deporte: magia, poesía y heroísmo

George Best: el perverso deleite de la autodestrucción



Jacques Sagot


George Best, apodado “el quinto Beatle”, fue uno de los más grandes jugadores de fútbol que han bendecido este bello deporte.  Pero era –entre otras cosas reprensibles– un alcohólico impenitente e irredento, un mujeriego y un despilfarrador.  La gente –incluyo al fútbol consumptor– suele no saber de él.  La razón es que Best, legendario como mediocampista ofensivo del Manchester United, era norirlandés, y la selección nacional de su país no calificó para ningún campeonato mundial mientras él estuvo en el apogeo de sus facultades (entre 1965 y 1975, aproximadamente).  


Best tenía la malicia, el dribling, la gambeta y la picardía del jugador sudamericano, combinados con la potencia física, la rapidez y el cabeceo del jugador europeo.  Era el futbolista “completo”.  El propio Pelé, después de verlo jugar, dijo: “Sí, no hay duda de que Best es, en efecto, the best”.  Era dueño de una gran apostura física, un aire débonnaire y seductor que bien podría haberle permitido interpretar en el cine al Agente 007. 

  

En cierta entrevista que se hizo célebre ofreció esta respuesta: “Señor Best, ¿qué hizo usted con su inmensa fortuna?”  “La mitad me la gasté en guaro, autos de carreras y prostitutas”.  “¿Y la otra mitad?”  “La otra mitad, por desgracia, la desperdicié”.


Otro de sus pronunciamientos memorables: “La revista Newsweek afirma que yo me acosté con doce Miss Universo.  Esto es una calumnia, una ignominia, una afrenta a mi honor, un acto completamente censurable.  Me acosté únicamente con diez”.


Una más: “Un día tomé la firme, irrevocable decisión de no gastar más dinero en guaro y mujeres en todo lo que me restaba de vida.  Fueron los veinte minutos más aburridos de mi existencia”.


Y una for the road: “Me compré una bellísima casita a orillas del mar.  De camino a ella había una taberna.  Jamás llegué a poner pie en mi casita”.


Por otra parte, era un pésimo colega.  Habiéndole preguntado una periodista qué pensaba de David Beckham, declaró: “No hace goles, no genera fútbol, no tiene liderazgo, no organiza la media cancha, no mete balones en profundidad, no dribla, no gambetea, no sabe hacer el “túnel”, no corre las bandas, no cabecea, no se desmarca, no tiene rapidez, no sabe disputar pelotas divididas, no funciona en la contención, no le roba la espalda a los defensas, no le pega con la izquierda, no posee un disparo potente, no tiene creatividad, carece de picardía, no colabora con la defensa, no sabe marcar, no salta bien, no tiene sentido del  timing, no sabe jugar sin balón, no se anticipa a sus marcadores, no tiene suficiente energía, es psicológicamente endeble, no ofrece espectáculo, no es estratégicamente importante, no atrae marca, es incapaz de improvisar, no puede armar una pared o una triangulación con sus compañeros, es físicamente débil, carece de temperamento, es tieso e inhábil… aparte de esas pequeñas falencias, es muy buen futbolista”.


La verdad sea dicha, Best no miente: Beckham era un jugador muy limitado, un producto manufacturado para la farándula, jamás un gran futbolista.  Pero nuestro amigo Best podría haber tenido un poquito de misericordia para con su colega.  Era menos dotado por natura, pero igual vivió abocado a darle patadas a una pelota de cuero.


Best representa un caso trágico de “malditismo”.  Bien podría ser considerado un “poeta maldito” del fútbol (al lado de Garrincha, Sócrates, Marinho, Gascoigne, Houseman, Maradona, Müller y tantos otros).  Su alcoholismo era un insaciable demonio, algo así como el tonel de las Danaides: una barrica sin fondo.  Todo el guaro del mundo no habría bastado para colmarla.  Su vida dispendiosa, bohemia, su actitud de eterno playboy lo llevó a herir a muchísimas personas, y lo condenó a una muerte prematura, acaecida en 2005, cuando apenas tenía cincuenta y nueve años de edad.  Tuvo que ser sometido a un trasplante de hígado.  Y persistió en seguir bebiendo ogrescamente, de manera que pronto pudrió su nuevo órgano.  Esto, creo yo, es lo que no logro perdonarle: yo vi a mi hermano morir lentamente de cirrosis provocada por las hepatitis, implorando un trasplante que nunca tuvo lugar.  Ese segundo hígado de Best debió haber ido a parar al cuerpo de un ser humano que realmente amara la vida y tuviese algún respeto por sí mismo, y por la persona que le donó el órgano en cuestión.  


Best murió consumido, un cadáver cubierto de macilento pellejo, las cuencas de los ojos hondas como fosas comunes, la barba y el pelo enmarañados y caóticos, la mirada perdida, sosteniendo desde la cama de hospital un rótulo que decía: “No muera como yo.  No beba alcohol”.  Fue el único gesto noble y útil para la humanidad que realizó.  Su imagen era patética: la devastación del licor se veía en su cuerpo pre-cadavérico, en su rostro cerúleo y apergaminado, en sus sarmentosas manos.

   

Ya lo he dicho, y lo repito: tengo la convicción profunda de que un deportista de su nivel deja, lo quiera o no, de pertenecerse a sí mismo.  No puede permitirse hacer las veces de anti-modelo, de suma de todos los anti-valores éticos concebibles: detrás de él vienen varias generaciones de niños y jóvenes que lo idolatran y se aprestan a emularlo.  La condición del crack conlleva más responsabilidades de las que la gente supone.  Best no supo digerir su fama, su gloria, su desmesurado talento.  Es el epítome de la autodestrucción, del hombre canibalizándose a sí mismo.  El hemisferio en sombra de su ser ganó la partida, y por aplastante goleada.      


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