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Deporte: magia, poesía y heroísmo

El boxeo: un himno a la muerte


Jacques Sagot


Pues sí, amigos y amigas: los fanáticos del boxeo superan a los del fútbol en violencia y agresividad.  Lo puedo decir con perfecto conocimiento de causa.  He visto partidos de fútbol en cinco estadios míticos que fueron escenario de finales mundialistas, el de Wembley (1966), el Azteca de México (1970 y 1986), el Santiago Bernabéu de Madrid (1982),  el Parque de los Príncipes en París (1938) y el Estadio de Francia (1998), en las afueras de la ciudad luz.  Y por otra parte, he estado en el Madison Square Garden de Nueva York, donde vi un par de peleas de boxeo de alto voltaje.  En estas la ferocidad, el calado de los insultos, el salvajismo, las agresiones, los alaridos, el ensañamiento contra uno u otro de los pobres hombres alcanzaba lo demencial.  Jamás he visto rostros tan desfigurados por la ira, el fanatismo y la sed de muerte.  Realmente, los infortunados que suben a ese cuadrilátero (el sueño de todo boxeador) deberían comenzar por decir, como los gladiadores en el Coliseo Romano, 70 años antes de Cristo: “Ave Cesar, morituri te salutant!


Hay buenas razones para execrar el boxeo.  Es un “deporte” que camina siempre sobre la cornisa de la muerte.  Los impactos a la nuca están rigurosísimamente prohibidos.  La peligrosidad de estos golpes radica en que pueden generar graves e irreversibles lesiones cerebrales… es cosa que el boxeo aprendió empíricamente, y a través de trágicas experiencias.  Es con un golpe de este tipo que Billie “the blue bear” Osterman derriba a Maggie Fitzgerald y la deja cuadripléjica, en la conmovedora y laureada película de Clint Eastwood Million Dollar Baby (2004).


Solo en el año 1953, veintiún boxeadores dejaron de existir.  En el 1949, diecinueve.  En el 1952, diecisiete.  En el 1962, catorce.  En 1980, veinte...  ¿Qué es lo que mata a un boxeador?  Los golpes.  Se estima que todo boxeador es candidato a esa terrible enfermedad que los estudiosos norteamericanos bautizaron con el nombre de punch drunk, y que podríamos traducir como “borrachera de golpes”.  El punch drunk no es otra cosa que una hemorragia cerebral.  El diluvio de impactos en la cabeza hace que el cerebro golpee contra la pared interior del cráneo.  Cuando un golpe es suficientemente violento, puede hacer que esa reverberación entre el cráneo y el cerebro ocasione la rotura de algún vaso sanguíneo.. La muerte sobreviene cuando la hemorragia es muy intensa.  En ese caso, todo el espacio ubicado entre el cerebro y el cráneo se llena de sangre, que oprime las meninges y presiona al órgano en cuestión.  Este experimenta un desplazamiento en la única dirección posible: hacia el orificio inferior del cráneo, oprime el bulbo raquídeo e imposibilita sus funciones.  Cabría decir que el boxeador muere apuntillado.


Naturalmente, la hemorragia cerebral, la borrachera de golpes, el punch drunk, no se produce con un solo impacto.  Las más de las veces, las primeras lesiones no son lo bastante graves como para ocasionar la muerte, pero sí dejan secuelas.  Son muy frecuentes las pequeñas hemorragias que se traducen después en un coágulo de sangre en el cerebro, con el consiguiente traumatismo.  El mayor de los males, en ese caso, reside en el hecho de que, contrariamente a lo que sucede con las del resto de los tejidos del cuerpo, las células del cerebro tienen una tasa de regeneración muy baja (del 2% al 10%).  Esto hace que cualquier boxeador que haya sufrido un número suficiente de golpes sea un enfermo de punch drunk, un hombre con el cerebro alterado negativamente de forma irreversible.  Y claro está, es un candidato a la muerte en el ring, que se producirá en el momento en que alguna de sus cicatrices cerebrales se abra, dando lugar a una hemorragia más caudalosa.


La muerte por punch drunk no suele actuar de forma instantánea.  Son frecuentes los casos de boxeadores que terminan el combate en condiciones aparentemente normales, en ocasiones incluso como vencedores, y que emprenden tranquilamente el camino a casa, sin sospechar que van mortalmente heridos.  La hemorragia en pocas horas bloquea sus funciones cerebrales y los hace morir.  Otros pasan varios días en estado de coma hasta entregar sus vidas.


Los peligros del boxeo profesional han preocupado a muchos especialistas de la medicina cerebral.  El estudio más profundo del tema fue llevado a cabo en el Royal College of Phisicians, de Inglaterra, bajo la dirección del doctor A. H. Roberts.  El Royal College investigó los casos de 229 boxeadores, activos entre 1929 y 1975.  El 45% de los boxeadores que tuvieron una carrera de diez o más años padecen lesiones cerebrales de mucha gravedad.  En el grupo de los que boxearon durante más de cinco años y menos de diez, solo el 17 % padece estas contusiones.  Y solo el 13 % entre aquellos que cortaron su carrera antes de cinco años de práctica.  Se comprobó, asimismo, que el mal no se detiene en el momento en que el boxeador abandona la práctica de este “deporte”, sino que las lesiones cerebrales tienden a agravarse, nunca a mejorar.  Muchos hombres que abandonaron el boxeo en condiciones aparentemente buenas han sufrido después una degradación progresiva de sus funciones cerebrales, con tendencia a la parálisis, la demencia o la epilepsia.


De entre los 229 hombres observados por el Royal College, trece estaban absolutamente imposibilitados para la vida normal, y 37 sufrían lesiones discapacitantes.  En total, el doctor Roberts estimó que un tercio de todos aquellos hombres acusaban los efectos de su profesión, es decir, que estaban condenados.  En la jerga del boxeo se usa la palabra “sonado” para aludir a un boxeador que acusa una disminución de sus facultades mentales.  Jaquecas, pasos vacilantes, sordera, visión defectuosa, temblor, intolerancia al alcohol e irritabilidad son algunos de los síntomas por los que se detecta este estado.


Afirman los especialistas que el peor enemigo para el boxeador son los guantes, en la forma en que están concebidos actualmente. Por sorprendente que parezca, el guante de boxeo es más dañino que la manopla de tiras de cuero que empleaban los gladiadores de la antigua Roma.  El guante de boxeo sirve para proteger la mano que golpea, y no la cabeza que recibe el golpe, y permite que los impactos sean mucho más fuertes sin que por ello se fracturen los huesos de la mano.  La manopla de cuero de los gladiadores producía cortes, deformaba la cara, pero no generaba lesiones cerebrales, porque no ocasionaba esa reverberación de la caja craneal que se produce con el guante.  Este facilita una mayor potencia del golpe, pues preserva a la mano de la fractura, y ofrece una mayor superficie de impacto.  La disposición de la crin por debajo del cuero es la causa de que el golpe haga trepidar la cabeza y ocasione la hemorragia cerebral.  En la actualidad se realizan estudios para la creación de unos guantes de aire comprimido que podrían tener un efecto más benigno que los actuales.  Se hallan en período de experimentación y pueden contribuir a disminuir los tremendos riesgos de este “deporte”.  En todo caso, el impacto del guante es más difuso, más extensivo, más reverberante que el de la mano: lo que pierde en incisividad, lo gana en amplitud y en capacidad para generar el estremecimiento de toda la bóveda craneal.


Veo –y veré por siempre– la imagen del excampeón del mundo de los pesos completos Ezzard Charles, en una silla de ruedas, sobre un cuadrilátero, incapaz de mover otra cosa que los ojos, ante una gradería totalmente desierta.  Fue un espacio filmado para hacer que la gente cobrara conciencia de la esclerosis lateral amiotrófica, también conocida como enfermedad de Lou Gehrig.  La dolencia afectó las piernas de Charles, fue ganando terreno, y lo dejó completamente discapacitado.  Se organizaron colectas para ayudar al boxeador, y varios de sus colegas hablaron para estimular la generosidad de la gente.  El legendario e invicto Rocky Marciano llamó a Charles “el más valiente gladiador con el que tuve el privilegio de pelear”.  Pasó sus últimos años en un asilo para pacientes afectos de esclerosis lateral amiotrófica.  Murió el 28 de mayo de 1975 en Chicago.  Tenía tan solo 53 años de edad.  Nadie me va a convencer de que su enfermedad no tuviese nada que ver con las miríadas de golpes que encajó, y que tanta devastación deben haber causado en su cerebro.  Recuerdo leer la noticia: era yo un chiquillo de doce años: había visto peleas clásicas de Ezzard Charles en documentales televisivos sobre los campeonatos mundiales, lo admiraba, y su muerte me impresionó hondamente.


Y luego, por supuesto, el Parkinson de Muhammad Alí, que ya lo había enfeudado cuando persistió en pelear sus últimos combates contra Leon Spinks, Larry Holmes y Trevor Berbick.  En los exámenes de rutina previos a estas confrontaciones Alí era incapaz de trotar dos kilómetros sin sofocarse, y de llevarse el dedo índice a la nariz.  Murió sumido en la afasia, la parálisis, el tremor, la bradicinesia (lentitud extrema de los movimientos) y el colapso de todo su aparato cognitivo.  ¿Por qué insistió Alí en pelear esos últimos tres combates?  Por muchas razones.  Porque añoraba los vítores del público.  For a few more dollars (uno de los tres spaghetti westerns de Clint Eastwood y Sergio Leone).  Para firmar la leyenda del único peso completo que habría ganado cuatro títulos mundiales.  Porque cometió el pecado de hybris, esto es, el exceso: querer emular a los dioses, pretensión que en la mitología griega estos castigaban muy severamente.  Y tal vez por esa irreductible, innegociable causa que pone en evidencia el poder de los impulsos irracionales del ser humano: “porque sí”.


Allá, en los ya casi desdibujados años de mi infancia cometí el error de disfrutar del boxeo.  Era fácil sucumbir al carisma de figuras como Muhammad Alí, George Frazier, George Foreman, Ken Norton y Jerry Quarry.  Pero desde entonces la muerte me ha cortejado muchas veces.  Su canto de sirena se ha quedado enredado en los laberintos de mi oído, y como Odiseo, he debido amarrarme al mástil mayor de mi barco, a fin de no ser seducido por él.  Y he comprendido el horror, la carnicería, la bestialidad, y la inmensurable perversidad inherente al boxeo.  Lo condeno, lo condeno, lo condeno una y mil veces, y me niego incluso a considerarlo un deporte.  Es más bien un atavismo barbárico, un crimen de lesa humanidad, una masacre legalizada, un crimen legitimado, una de esas prácticas que nos vienen de los romanos (guerreristas, hegemonistas, gladiadores) y no de los griegos (estetas, hedonistas, pensadores, artistas).  Quienes lo auspician con su interés son cómplices de un rito de muerte, de un carnaval del horror, de un aquelarre de sadismo y crueldad.  Esos rostros desfigurados por el odio y la codicia de las apuestas en las lunetas del Madison Square Garden… quisiera poder olvidarlos.  Es el tipo de gestos que me hacen sentir vergüenza de pertenecer a la especie humana.  Coquetear obscenamente con la muerte, una suerte de pornografía tanatofílica… eso es lo que representaban.  El boxeo es una manifestación palmaria de nuestra pulsión de muerte.  No tiene cabida dentro de esa cultura de la paz y de la vida que con ingentes esfuerzos estamos tratando de construir.  



















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